domingo, 7 de septiembre de 2014

LOS ALGUIEN

En mi hambre, mando yo.

Hombres y mujeres cansados y cansadas de un gobierno que agrupa sin preguntar, que se infla el bolso, que permite miseria y secuestra dignidad, hartos y hartas de una policía corrupta que haría de Galindo y Barrionuevo unos mártires, hartos y hartísimas de rebuscar en basuras y de ver morir a sus hijos antes de mañana.

Se definen como naxalitas, nombre de guerra y de clan, aunque los medios les denominan maoístas, que es más comercial y además genera estigma al ignorante.

Ponémosnos lupa y gabardina; investigación concluye rápido “no, no, no, imposible, ¿a Korahput? Mirad chicos, hace pocos meses secuestraron a una pareja de italianos, y no es posible, no es seguro, no para extranjeros”. Dicho y deshecho, vamos para allá.

Viajamos hasta Korahput, zona de interior, y finalmente un coche nos suelta en un poblado llamado Bherja. Abrasa el abrazo del sol castigador. Pese a la leyenda de algunas discotecas, este es el lugar del planeta con mayor número de cobras. Pedregal infinito, no hay luz, sueño con lenguas bífidas empapado en sudor.

Nos hospeda una familia adivasi, etnia mayoritaria del lugar, son muy indios, pero no lo son; hablan su propia lengua, visten sus telas, cocinan sus platos, ríen sus gracias, danzan sus melodías, y captan mi interés.

Tribu[1], vocablo romano para designar a las tres principales divisiones políticas, fue machacado por los valientes y admirables colonizadores hasta ser hoy definido por el diccionario de Oxford como grupo bárbaro y primitivo, así, digamos etnias minoritarias mejor.

India es tuti-fruti genético, pese a que la aplastante mayoría es aria, un crisol de grupos diversifica el lugar y confirma que esto es todo un continente, una suma de civilizaciones.

En Nagaland, al este, los nagas han mantenido la suave tradición de cortar la cabeza de sus enemigos cercanos. Una vez peleada la villa vecina, los guerreros victoriosos cuelgan las cabezas de sus víctimas en estacas a la entrada del pueblo, y tatuan su pecho con inscripciones relativas a la gesta. Dime tú con qué huevos te metes ahí. Desde los 70 el gobierno ha reprimido esta práctica, y aunque no encuentro los huesos buscados, me dice lo dicho que algo pasa aún, que mejor no quejarte si alguien te quema con su colilla en un bar.

En Ziro, pueblito de Arunachal Pradesh, las mujeres de la etnia apatani son bellas hasta rabiar, ojos azabache y piel de miel; la peña de comunidades colindantes se dedicó a raptarlas durante tanto tiempo que se decidió cortar por lo insano; ahora sus mujeres llevan tatuada la cara, de frente a mentón, todo manchón, afeando así su existir, y salvándolas del secuestro express. Como Fraga en Vitoria, aquí paz y después gloria.


Montamos en un rickshaw sideral hasta el mercado más profundo, Onkadelli, cápsula del tiempo, nos plantamos en el siglo XV y me hago un Lorena Bobbit si encuentro un solo guiri por acá.

Miles de campesinos y campesinas bajados hasta acá con sus todos, té negro, té rojo, telas bordadas, anacardos, frutas pochas, la cosa se desfasa, carne mugrienta, cabras con ciática y escorpiones en su salsa. Cada mujer habla un dialecto, y mi tatuaje es prefacio de conversación, ¿una bici? ¿qué mierda es esa? Ellas llevan arañas, aves fénix, guirnaldas, todo finas, parece arte de cortejo, pero conociendo el patriarcal percal, puede ser espuela de propiedad privada. Nada de delicadas damiselas, aquí todo son niñas-madre, ancianas de 35 y fósiles vivas, luchadoras, heroínas con el aguante de Rosa Parks en “La fuente de las mujeres”.

Salto al pasado, compartiendo cacahuetes y carcajadas con las mujeres bonda; llevan menos ropa que uno duchándose, y los meticulosos detalles que adornan sus cuerpos dejan el Salón de los Espejos en Versalles, como hortera alumbrado navideño.


Las poderosas de la etnia desia, con sus pendientes, largos, dorados, gigantes, agujeros por decenas; los lóbulos de las orejas caen como manzana de Newton, deformando la perspectiva y engalanando el paisaje facial.

Siento un pinchazo en el antebrazo, sacudo y la veo, abdomen blanquinegro como un Twister-Choc, es la mosca Anopheles, disfrazada de escualo, con carne y sangre aun entre sus dientes, recordándome que la malaria es endémica por acá, maravilloso.

Cada aldea tiene su grupo de caza, hacen de los troncos agujereados perfectos canales hídricos para llenar sus vasijas al atardecer, cuentan que comen pescado de río para evitar el cáncer, y al lío, que los maoístas están y son, que todos y todas lo son, que es una idea de justicia y no un acto de terror.

La mayoría quiere olvidar los atentados del pasado, pero exige autonomía para la paz. Estos grupos han desarrollado la auto-gestión a lo bruto, con cadáveres de militares detrás, y miles de familiares asesinados o desaparecidos, una sangría de rebelión que a muchas personas les ha cambiado la esperanza del vivir. Con sus ilusorias escuelas, sus precarios hospitales, han abierto caminos de tierra donde sólo había maleza, y como en Chiapas, nadie olvida, aunque todos aman este sentimiento de escapada.




[1] Aplauso a Itziar Ruiz-Giménez, quien desde el departamento de estudios africanos de la UAM y las aulas del IUDC-UC, y liderando Amnistía Internacional, nos enseñó que tribu es etnocéntrica y fea, que el imaginario la copula con canibalismo, retraso, xenófobo Tintín en el Congo y otros motivos de buah buah.


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