miércoles, 3 de septiembre de 2014

CON K DE KAOS


Tener miedo al futuro es el desperdicio del hoy.

¿Qué esperamos de Calcuta? Suena caos, luce bruta, miseria y correcalles, como Patrick Swayze tirando del rickshaw en “La ciudad de la Alegría”. La tenemos ganas, puro slum, guetto y mito. Bandas organizadas de pulgas, a lomos de perros callejeros, custodian la sarna como Guardia Vaticana. La ciudad con mayor densidad de población del planeta. Personas tumbadas en tus tobillos, que no pueden dormir por hambre y por falta de sueños que soñar.

Celebración diaria, noble, sórdida, culta y desesperada de la existencia humana. First for your food, and then fight for your rights. 15 millones de personas en “el agujero negro[1]”, fotogenia de la semirruina, edificios zombis, antigua capital que se cae, en pedazos, en tropezones, en combates con cuervos para cazar los restos, mientras elegantes clubs de only-caballeros, hipódromos y campos de golf, retratan el mundo, más basura que gente, oye Calcuta, a ti más que verte se te siente.

Pedimos el visado para Bangladesh, pasamos una entrevista en la que más que preguntar nos desean suerte. Vemos la final de Copa. Nos cierran los cines que nos dejan sin dosis de Bollywood. Nos mojamos en las calles con el agua que brota de sus bombas de mecate. Los hombres hacen de caballo, ¡qué paren el mundo que me bajo! Comemos tortilla y gazpacho. Paseamos a trompicones por el mercado de las flores. Subimos al tranvía, nos bajamos en marcha, bebemos yogur y mango hasta enloquecer.

“La santa de las alcantarillas”; apuntamos a la casa de la Madre Teresa de Calcuta, y nos sorprende la fuerza de su labor, es semi diosa acá[2]. Desde Albania hasta West Bengal, fue haciendo suya la pobreza callejera, y permitió -su leyenda sigue permitiéndolo- que cientos de miles de nadies[3] puedan vivir o morir en mejores condiciones. Nuestro aplauso es suyo.

Hay decenas de voluntarios/as venidos de todos lados, echando una mano, limpiando las heridas a los flagelados, a personas sin hogar, a tanta y tanta gente que late y siente. Juntarnos, escuchar y ver sus miradas te pega un buen hostión.

No hay injusticia mayor que la indiferencia.

En ese nuestro mundito, al que soberbiamente llamamos “El Primer”, donde un vagabundo es más pobre que persona, donde nos alejamos discretamente cuando una kurda con bebé se nos acerca a pedir, cuando dudamos si beber de la misma botella que un polaco tocando la guitarra en la puerta del metro, sin estar claros ni sensatos en que no hay pobres sino empobrecidos por vivir en la pobreza, que no es condición innata, inherente y crónica, la del no-tener.

En este mundito de la indiferencia globalizada, donde la cultura del usar-y-tirar produce mucha fruta amarga, como el desperdicio de comida, o los millones de ancianos y ancianas aislados y sin calor.

Hoy es la Madre Teresa, ayer fue Ada Colau o La Pasionaria, quienes lucharon defendiendo la idea de que no hay felicidad individual si no hay justicia colectiva. No sabemos de donde venimos, pero sí que tenemos un origen común, dios, universo, o Ed Harris manejando los paneles de mando en este show de Truman que es la humanidad. Todos y todas, somos nietos de Lucy[4], abuela y australopithecus en Zimbabue, todos y todas hermanos y hermanas, cercanos, lejanos, putativos o no, el apache de Tijuana, la pija de Serrano, el hipster de Berlín o la campesina de Samoa, una misma familia, y casi nunca nos enteramos.

Consternados y agradecidos seguimos el periplo. Sodomizados por el calor nos refugiamos en el memorial Victoria, mucho precio a la entrada para tan bajo gusto a la salida. Compramos sandias, un jugo de limón y dos de hepatitis en los cientos de puestos callejeros que copan la acera en búsqueda y captura. Entramos al planetario buscando la sombra. No hay constelaciones sino bombillas con fatiga. La longeva voz que narra el show maneja el ingles de mi padre (perdón, a ambos), y no es una grabación, sino en directo y on-your-face. Fuma ducados, creo, y carraspea como un motor de Lambretta; cosas del directo, nos intentamos reprimir pero no podemos, nuestras risas maliciosas funden el sonido astrológico y nos quieren echar.

Buscamos pachangas con el ansia de un ahogado viendo la orilla alejarse, India nos lo va a poner más difícil que Apolo Creed a Rocky Balboa; pasan los asaltos y cada rincón de juego es un derechazo al mentón en forma de cricket.

El cricket no es un deporte, o sí, entendiendo como deporte el ajedrez, el billar, la pocha o tocar la batería con dos botes de Dixan; se corre poquito, se para demasiado, un macro estadio de abarrotados graderíos rodea una pequeñísima parcela de tierra, donde un pibe tira la bola tratando de tumbar unas varas de madera, pese a la celosa protección del bateador, que no batea, sino que golpea la bola contra el suelo, para que bote. Es obvio que sigo sin comprender bien las reglas.

Pero sí comprendo que jode bastante la falta de fútbol por estos lares. Causas colonas, herencia british me dicen, ¡coño, si el football lo inventaron ellos![5], ¿y qué pasa con el rugby? tan noble y extenuante, que se hizo patriarca en Sudáfrica, y aquí no hay melé que valga. ¿Será por la endeble complexión física? Dejo de preguntarme retóricas y sigo buscando.

El parque Victoria apunta maneras, rollo Hyden Park, aquí donde hasta el siglo XVIII podían cazarse tigres en sus bosques de bambú; cargamos las botas y las cámaras, nos disfrazamos de Luis del Olmo en partido benéfico de Navidad, y no fallamos.

Hay varios grupos y no sabemos elegir en cual acoplarnos, pero el fatídico destino nos lo pone fácil. Perdemos un pasaporte y toca solicitar uno nuevo a la Embajada de España en Delhi; se aplaza Bangladesh, se desplaza todo, y nos sedentarizamos cinco días en Calcuta, ahora llamada Kolkata, para desprenderse del estigma inglés. Cogemos rutina[6], cada día a las 5 jugamos con una banda nueva de chavales. Mayores, pequeños, violentos y tímidos, los hay de todos los escudos y estandartes.

Necesitamos piadosas falacias y cándidas mendacidades para entrar en el ambiente y captar la atención. Soy cántabro de rabas, cocido y Quique Setién, pero me vendo al mejor postor y digo que soy de Barcelona.

Aunque podría tocarme pensando en las croquetas de Iniesta, me gusta tan poco el sectarismo institucional de can Barça, como el chulo-putas-style de Cristiano y compañía. Sin embargo, ninguna diplomacia preventiva logro mejores resultados que la visa Messi, recibida siempre al exclamo de “oh, baselona! Yesss, yesss, futbal, baselona namber uan!”. Es en ese momento, a pavimento rodado, que abrimos el macuto, soltamos las zapatillas, y dejando de ser guiris siesos, firmamos ser la versión mundial de la ley Bossman con poca carne y varios huesos.

Jugamos sudando gotas de color marrón. A 10.000 kilómetros de keli, sin pasaporte y con amebas, toca reír. Buscar la felicidad en lo material es la forma más segura de ser infeliz.





[1] En 1756, los fieles a Siraj- Ud-Daula reconquistaron la ciudad durante unos instantes. La aristocracia colonial fue encerrada en los calabozos del fuerte William, cayendo uno tras otro por pura asfixia. Ahí nace la leyenda del agujero.
[2] A muchos les jode que el mundo asocie su hinduista ciudad con una mujer católica. Acusada de “ejercer imperialismo religioso”, y recibir financiación de dictadores sanguinarios y magnates corruptos con ganas de limpiar su conciencia. También la han caído palos por su “postura contra los anticonceptivos”, cuando Kolkata es la meca del VIH y la hepatitis. Fuente: “The Missionary Position”, Christopher Hitchens, 1995
[3] “…que no tienen cara sino brazos, que no tienen nombre, sino número…” Fuente, de necesidad: Sin Eduardo, la vida merecería menos la pena.
[4] Su nombre brota de los paleontólogos que buscaban fósiles por la Rodesia de entonces, quienes escuchaban en la radio “Lucy on the sky with diamonds”, temazo drogata de los Beatles, justo cuando encontraron sus restos.
[5] Bueno, se lo robaron a los chinos, pero tan disimuladamente como los frisos del Partenón, que ahora parece que Fidias nació en el British Museum.
[6] Una rutina que nos roba el alma, que nos empuja al único bareto con internet del barrio; tras sufrir ciática-hernia-artritis visual de comer pantalla, logramos sacar adelante esto, DP.com, esto que hoy ilusiona.


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