lunes, 18 de agosto de 2014

REGATEANDO NUBES

Echo de Menos el Cocido Montañés de Cabuérniga, todo con mayúsculas..

Ey, ¿qué pasa? provincia de Meghalaya, hasta donde remamos guiados por la intuición de que algo guapo nos espera.

Profundizamos, saltamos de los hospitales de Shillong, su capital, donde abscesos, hongos y ronchas en nuestras zonas bajas deleitan a la octogenaria doctora local. Inexorables antibióticos, herbicida de lo humano; mato mi flora mientras seguimos asesinando a las abejas.

Estamos en Cherrapunjee, una villa chiquita encerrada en la lengua de tierra que separa Bangladés y Bután, apodada “la morada mágica de las nubes”.

Tres guiones marcan nuestras ganas primero, y nuestra memoria después:

1. Este es el punto más lluvioso del planeta: como que en Bilbao no se folla, o que Jaume Matas fue ministro de Medio Ambiente, los mitos siempre tienen algo de verdad que los mantienen, y algo de mentira que nos atrae.

2. Los puentes están hechos con raíces: la proliferación de ríos y riachuelos es tal, que los nativos ingeniáronselas para ir entrelazando las raíces de los árboles que grindan sus orillas, hasta crear estos milagros antigrávitos. Naturales y atemporales, cada sorbida de savia afianza los matrimonios musgo-corteza, dando estabilidad, acceso y belleza a cada rincón del lugar.

3. Estamos a punto de hacer un ménage-à-trois con una brasileña: eso, los mitos siempre tienen algo de verdad, y algo de que no.

No llueve, nos han mentido, luce sol Torrevieja-style, cogemos la bola y tiramos montaña abajo. Como todo el noroeste, esta India no es India, la población pertenece a la etnia khasi, budista, sabia y orgullosa peña, acostumbrada a lidiar con las diosas y los monstruos del bosque.

¡Alto o disparamos! A mano armada, somos atracados por niños y niñas, y jugamos ante la amenaza de una antena parabólica grande como el escudo antimisiles hebreo. Encendidos de risa, hacemos un mix de pañuelito, tren de la bruja, declaro la guerra, rondo, a-quemar, a la zapatilla por detrás, tris tras, y ni ganaremos ni ganarás.

Comiendo comida fresca. Santa madre de las cosas verdes, curry, espinacas y tofu, jalamos alegres, derramando lágrimas en esos platos, chapati[1], paneer pakora[2] y hectolitros de yogur, yummi yummi! lujo sin glamour.

Nos adentramos en el bosque, esperando encontrar osos disfrazados de Peter Pan, pero todo lo que encontramos son raíces, raíces por miles, que nos permiten avanzar, con algo de acojone, sea dicho, pero inspirando magia por poros. Enjambres de heveas, ficus elásticos de donde sacamos los neumáticos, reinan la zona y, como las ruedas al coche, nos permiten cruzar los ríos, danzando la melodía de sus aguas bravas al bajar.

Estos puentes, solución MçGyver, son una metáfora de distritopachanga, de lo que buscamos, de mostrar que todo es fácil si crees que no es difícil: comer grillos con las manos, tranqui que el piel-oscura no te atraca, dormir en algún suelo, vivir sin teléfono, sin alcohol, sin miedo a moverse aunque eso haga sonar los grilletes; al final, todos parecidos, los gin tonics en el Café del Mar de Ibiza, o las arañas que comen los Yanomamis en el Amazonas brasileiro, todos buscamos algo funcional, apañarnos con lo que tenemos a mano, y para eso la pelota, que divierte y une por aquí y por allí por igual.

Donde el monte se convierte en nube, aparece Nogriat, la aldea de nunca jamás. Nos acoge Byron en su mini-casa, sereno y místico, cada velada es un tornado de historias fantasiosas, él lo cuenta con la seguridad de Jesús Caldera poniendo tipex en los faxes del Prestige. Los khasi son personas, pero también duendes; cortan la leña según la luna, pero también según las indicaciones del chaman. Siguen el curso de las hadas blancas para trazar sus caminos, y temen ser capturados por las hadas negras cuando cruzan el rio. Los espíritus del bosque se manifiestan en cada luciérnaga, en cada trueno apasionado. Las cuevas son hogar y cautiverio de almas que solo los perros y los niños pueden ver.

Una australiana va a ver al chaman del valle. Lleva meses con pesadillas, con sentimiento de vértigo, de pánico, de angustia vital. El chaman rompe unos huevos, mezcla sus yemas con paja, excrementos de ganado y hierbas silvestres. Rápidamente la pregunta “has estado recientemente en un ritual Savagarnath?”. Ella dice “sí, en diciembre estuve en el festival de Nagaland”, el replica “entraste en el circulo sagrado, ¿verdad?”, y a ella se le salen los ojos de las cuencas; es cierto, confiesa que piso donde la dijeron que no lo hiciera, y desde entonces plaka plaka la vida es una carga. El chaman la limpia y entrega un amuleto, ella flipa, se siente normal, al fin.

¿Evidencia empírica? ¿cuento de chinos? Tampoco del mañana hay certeza científica y aun así hacemos planes. Entre aullidos, rayos y sombras de la oscuridad, la voz de Byron se hace chistera, nos convierte en conejos y secuestra nuestro sentir. Recordad, ya lo dijo Aramís Fuster, “hacedme el favor de ser felices”.

El segoviano ha venido con más regalos que “El Bigotes” al cumple de Camps, mi lacrimal es sifón ante este picnic cósmico. Ibérico y manchego en la mesa, salvajes sibaritas, restaurante es roca, ¿carajillo y puro? mejor cascada turquesa.

Más lentejas[3], sopera cucharada, tiramos unos dados y sale cara. Nos duchamos en una cascada, es madrugada, no se ve nada, mi linterna cae al agua y como no sabe, no nada, truenos y relámpagos nos dan en la cara. Pisamos mal y caemos en sendos fosos, pa-bernos-matao, cortes sin betadine, y moratones sonrientes ante la falta de huesos rotos ni cicatrices marcadas.

Escalamos hacia el cielo como Michael Landon, y la jungla inunda el sentir, se oye agua dolby-surround pero no la ves, follaje y telarañas, tucanes de palo, nuestros ojos pierden conos y se quedan solo con los bastones, para seguir haciendo de cada peldaño una cosa del pasado. Llueve y llueve, refugiados bajo una roca, goteando nuestros jadeos, se nos remoja la ropa, la cámara y el aliento.

Montamos una pachanga con los duendes de la aldea, el campo es magia pura, pero los charcos anulan el último partido, pitido final y salida, cargamos los macutos y quedan las raíces contorsionistas, haciendo piruetas y viendo nuestra partida.




[1] Pan indio, hogaza plana rollo pita de kebab, poca levadura, mucha harina y muchísima popularidad; sustento de millones, hidratos low-cost para quemar en el campo y el andamio.
[2] Un clásico de la gastronomía india, cubos de leche de vaca en salsa de tomate, curry y felicidad.
[3] Aquí llamadas dahl, la legumbre menor es emperatriz de la dieta india. Amarillas, negras, cobres, magentas, una mesa sin tazón de lentejas es una empresa eléctrica sin ex-políticos en sus consejos.



1 comentario:

  1. Muchas Gracias Amigo!

    Por seguir compartiendo tus experiencias con ese toque que sólo tú tienes.

    Otros las meten por la escuadra, tu por dónde realmente importa.

    Sigue dandole duro por esos caminos del mundo.

    A la espera de nuevas crónicas.

    Un Abrazo Enorme

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