martes, 5 de agosto de 2014

OXÍGENO


Agradecida y emocionada, como Lina Morgan, así esta mi alma hoy que logré salir de Moreh. Una furgo nos ha llevado hasta Moirang, a la vera de un lago que promete calma tras la tempestad.

El viaje, 5 horas, x 3=15, el número de check-points militares, que como el matón de clase, el repetidor que te insulta, humilla y dispara bolas de pvc, al final te conmueven y acabas echándolos de menos cuando ya no están.

El avispero en la habitación del hostal augura una noche inquieta, como venado frente a pantera, con un ojo abierto, con enemigos ahí fuera.

Nos coge de sorpresa un pueblo en fiestas, verbena y romería, que inexorablemente desembocan en los primeros cinco guiris que visitan el lugar, subidos en el escenario bailando la danza local en corro, una suerte de cortejo, no fúnebre pero si funesto, donde los chavales intentan seducir a las pretendientas con pasos asíncronos llenos de arritmia y pundonor.

La catarata de gente preguntándonos de donde somos, nos lleva a tomar la casi-sabia decisión de decir que somos todos suizos, para facilitar la situación. Ante esto, oímos tropecientas veces la frase “oh, really! Manipur is known as the Switzerland of India[1]”. Al final de la noche, tajados de zumo de mango y dulces de leche (puro paluego), acabamos confesando que nuestros compatriotas consideran Suiza la Manipur de Europa. Cuesta tan poco un mentir como regalar una felicidad.

Es época de elecciones, en una democracia fraudulenta donde casi 1000 millones de personas deciden a cual de los 2300 partidos políticos votar, es mucha la tela que cortar. La mayoría de los hombres, pues las mujeres de política ni hablar, me dicen que un tal Modi, es el favorito, y al que van a apoyar, cientos de posters con su foto confirman lo saturante de su campaña electoral. Este tipo promete gresca, reivindicando una India para los hindús, donde los musulmanes, como los inmigrantes en Vic, no tendrían cabida.

La tierra, tan sabia, no gana para disgustos, crecidos en la ignorancia.

Día siguiente, no son las 6 de la mañana, y tengo en mi puerta (la cual he dejado abierta toda la noche, porque ni se podía cerrar, ni yo perdía la esperanza de que las avispas decidiesen darse un voltio) a cuatro pibes de los danzantes la noche anterior. En este grupo destaca “The Princess”, un proyecto de transexual divino, quien se hace llamar Shangay, como el ciervo endémico de la zona; su afeminamiento es comparable al de la Presyler, nos encanta, nos recoge, nos guía y nos seduce con su mirar de reojo frente al espejito de su portátil kit de maquillaje.

Vamos en barca, remando sin más ganas que mosquitos, y descubrimos los encantos del lago Loktak, archipiélago de islotes hechos a mano con los juncos que crecen de entre sus eutrofizadas aguas.

Hay base militar, de ahí la seguridad, y de ahí el campo de fútbol, para cantar goles bien altos mientras el sol se pone a fustigar. No me dejan entrar a jugar, será que soy civil, al contrario que en el ejercito de Israel, aquí si que saben diferenciar.

Es bello, mágico, nadie más allá, nadie más aparte de la comitiva que arrastramos por detrás, que incluye a los guardas forestales, un par de guripas, todo el estrato poblacional entre los 8 y los 23, y la clásica jauría de perros ávidos de novedades en el condado.

Como no hay big tournaments, hacemos de dos hueveras la portería, e improvisamos un 2 pa 3, nada que destacar, excepto la persuasiva mirada de Shangay.

De vuelta paramos en una keli, donde una familia local nos disfraza de manipuris, a mi me cae un shari amarillo, raspa mamá, pero no hay como rechazarlo, servirá de toalla, pienso y me miento. Mientras pintan de cleopatras a las chicas, llega un militar alterado, ¡amosnomejoas! A  5 kilómetros de ahí ha habido una emboscada, dice, los rebeldes andan pegando tiros, dice, y tenemos que salir pies en polvorosa. No cunde el pánico, ya estamos curtidos de tanto frenesí, espíritu Sistiaga, nos montamos en el coche de policía que, sin saber cómo ni cuándo, nos espera con sus puertas abiertas y el cenicero lleno de colillas sin apagar.

Me flipa la pasión de los abuelos jugando a las cartas en la cercana parada del bus, donde paso a recoger el balón tras cada gol, y donde el chinchón se ha hecho deporte rey. Pregunto y responden sin piedad, efectivamente, no hay ningún bus que esperar.

Ultima jornada con Toni, Clo, Beatrice y Vincent “salút mes amis, on y va, et bon voyage!”[2]. Salgo temprano y solitario, me espera un poquito de trajín, 4 buses, teniendo que esperar uno de ellos donde cayó una bomba dos semanas atrás; no tengo pasta y la tarjeta huele a desamor con los ATM más cercanos.

Después un tren hasta Guwahati, en la provincia de Assam, donde el lunes debe llegar mi hermano, pana, llave, querido, segoviano, astro, muleta, rueda y brother del alma.

Se une Alberto Martín al distrito, el Jalber, desde Angola hasta la India, para mecanografiar otro capítulo más de nuestra guapa vida juntos[3]. Chutador y portero, dos viajeros, doble de calamidades, triple de alegrías para poderlas superar.




[1] Manipur es conocida como la Suiza de la India.
[2] Vamos que nos vamos, ¡buen viaje!
[3] Requiere post aparte, más inteligencia emocional.


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