domingo, 24 de agosto de 2014

DARJEELING EXPRESS




Existen veces en las que al ver un lugar en la gran pantalla, con su planos perfectamente cuadrados, su música magistralmente acoplada y sus glamurosos actores parloteando un guión bien redactado, sientes la necesidad imperiosa de recorrer las distancias oportunas hasta plantarte en la misma escena que admiraste en formato cinemascope.

Suele ocurrir, que al aparecer en el tan admirado escenario, sin banda sonora, ni clima prefabricado, te invada una ligera sensación de frustración comparable a la de las navidades de niño en casa de tu abuela, cuando al abrir el barco pirata de playmobil te percatabas de que el navío recién montado perdía todo su encanto sobre la mesa camilla cubierta con mantel de punto de cruz, quedando allá en lo lejano del imaginario infantil, la estampa de surcador de mares anunciada tantas veces en televisión.

Recorro las empinada calles de Darjeeling buscando el encanto que siento me prometió Wes Andersen y su Viaje a Darjeeling, pero a cada nuevo giro en sus angostas callejuelas me topo con la cruda realidad, soy una nueva víctima de las expectativas sobrevaloradas.

Intento espantar los sentimientos de culpa por haber arrastrado a distritopachanga hasta estos lares, pero los 3000 metros de altitud que cortan la respiración, el frío hasta entonces ausente, la carretera al borde del desfiladero donde cada curva puede ser la última, y arrastrar la mochila deslomado por pendientes estilo Angliru, no ayudan en absoluto.

Esquivamos el pestañeo, no hay segundo que despreciar. La pachanga parece no querer llegar. Será el díscolo clima, el mal de altura o la ausencia de superficie plana. Al no llegar, nosotros vamos. Y fingimos chut al cielo.

Darjeeling es otra India, una más, el subcontinente muestra sus riquezas y diversidades a cada nuevo lugar encontrado. Los veranos e inviernos llegan con la rapidez que marca el medio de transporte escogido, y de las chancletas y sudores pasas a las botas y escalofríos en una nueva noche de tren al ritmo de dhal y samosa. Y así, los Himalayas te reciben al llegar a las puertas de Darjeeling, donde todo lo rodea las plantaciones de un té que presume ser el mejor del mundo, el champán de los tés cuentan los carteles que promocionan el lugar[1]. A su objetivo puramente mercantil, los ingleses añadieron uno más lúdico y festivo, el clima del lugar servía de pequeño oasis a los sofocos de las abrasadoras temperaturas del sur, creándose así un típico pueblo de montaña, donde sus casas coloniales rememoran lo que debía de ser una zona residencial de verano en pleno siglo XIX.

Es época de elecciones y los ánimos andan revueltos en una región que se mueve al ritmo de su contexto. Nepal, Bután y Tíbet delimitan sus fronteras creando un ambiente de tierra de nadie que todos quieren. Algunos lo denominan territorio de gurkas[2], e incluso reivindican su independencia, otorgando el nombre de Gurkalandia a la nueva patria reclamada, en un alarde de ingenio semántico digno de Jesús Gil buscando nombre para su partido político.

Todo en Darjeeling rezuma a ferroviario. Sus vías zigzaguean por sus calles formando ya parte del paisaje. Algunos apenas se percatan, otros maldicen su presencia. Y el resto inventa negocios alternativos tan básicos como originales.

Ante la falta del encanto prometido, lo más simple es dejarse llevar por algún lugareño con tantas ganas de mostrar la zona como de ganarse unas rupias extras para el bolsillo. Se agradece la intención. Pero el día amaneció nublado y la lluvia promete un día poco amigable para grandes descubrimientos. Me comentan que desde esa colina se disfrutan las vistas del Everest, pero allí no aparece montaña alguna. Agazapado bajo un árbol intento imaginar lo que se supone debo estar mirando, a modo de libro ojo mágico 3D, entornando los ojos en busca del tiranosaurus rex morado. Ni rastro del techo del mundo. Ya tiene que estar jodido el día para no avistar 8846 metros de montaña.

Sin darme por vencido (¡jamás!) decido visitar un templo en busca de una pizca de inspiración, por el camino, para hacer más profesional el trayecto, compro libro del Dalai Lama y sus cuatro nobles verdades, pero el trayecto son 15 minutos y el libro 150 páginas. Con la portada y contraportada bien aprendida recorro los interiores del pequeño monasterio envuelto en sus aromas a incienso y los cánticos de las puyas tibetanas[3] como melodía del paseo. Después de un par de vueltas al recinto, donde las fotos de su Santidad Dalai Lama copan las paredes, en un giro de vista encuentro aquello que mi inconsciente nunca paró de procurar; es un poster gigante de la selección ex-campeona del mundo elegantemente plantado en la pared. Podría pensar que allí colgado, rodeado de inciensos de vivos colores, cuencos tibetanos (aquellos que al ser dulcemente acariciados por un grueso mortero emiten una suave sinfonía que inspira a meditar al más escéptico), abanicos con bordados budistas y miniaturas de Sidharta, Casillas levantando la copa choca con la divinidad del ambiente.

Unos momentos de reflexión disipan toda duda, para aquellos alejados de una vida espiritual plena, ganar la copa del mundo es lo más parecido a rozar el nirvana que vamos a alcanzar en esta vida y posiblemente en la siguiente.

Aún admirando el toque a monje budista que tiene el descolorido Iniesta, aparece el monje futbolero responsable de semejante afrenta. Recita los nombres de los jugadores como si fueran sus paisanos y se permite realizar predicciones para el nuevo mundial; conteniendo la emoción y el impulso de salir corriendo a cambiar el CD de los rezos por un más adecuado Waka-Waka, apaño balón y cámara para dejar constancia del místico momento con el santo monje balompédico.

Dibuja media sonrisa y solo palpa la pelota. No la agarra ni la abraza. La sostiene con timidez ante la cámara que lo retrata tras debate mundialístico en su templo sin porterías.

Con ilusiones renovadas compro ticket para el afamado tren de los Himalayas, la Unesco certifica su valor para la humanidad, y al día siguiente corroboro que en Darjeeling nada es lo que imaginaba. La locomotora de vapor es lo más interesante del trayecto. Quizá escogí mal la ubicación del asiento, o la niebla conspiró con los elementos para cubrir toda opción de admirar el paisaje, pero por allí no alcanzo a ver ni Himalayas ni colinas, solo los tremendos atascos que provoca el ferrocarril en miniatura a su paso por los pueblos vecinos. Nada de lo que un día me fascinó en la butaca de los cines Arte7 encontré por Darjeeling.

Sin más balas en la recámara, opto por buscar otros placeres que bien pueden hacer valer la pena el viaje, y entonces aparecen, en bandeja de plata, ocho bolas de masa cocida a modo de buñuelo casero hervido, con el amigable nombre de momo, para hacer las delicias de los catadores aún inconscientes de su efecto tremendamente adictivo.

Los lugares lo hacen los momentos y no las expectativas imaginadas.



[1] Fueron los ingleses quienes, para hacer frente al monopolio chino de la aromática planta en la zona, decidieron poblar el lugar de millones de plantes de té. Entre 9 y 10 millones de kilos al año divididos en dos cosechas que marcan la vida en la zona.
[2] El nombre llega del santo guerrero hindú del siglo VIII, Guru Gorkhanath, y lo adoptan los feroces combatientes originariamente de Nepal, que luchan para la reina y también por su tierra. Y de tanto luchar, algunas veces hasta son escuchados. 
[3] En el budismo puya es una ceremonia devocional, que se lleva a cabo tradicionalmente en Luna Llena, a través de este ritual se incrementa el potencial de experimentar felicidad, estados mentales virtuosos; se acumulan méritos, se purifican faltas y se reciben bendiciones.


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