viernes, 8 de agosto de 2014

ATERRIZANDO



Existen momentos en la vida en los que, bien el destino, las circunstancias o el contexto te empujan a tomar decisiones que se antojan trascendentes, y así, una vez me llegó el momento, tomé mi decisión, y así, una mañana ni fría ni calurosa, de esas del montón, me monté en un vuelo hacía la India para jugar unas pachangas. Muchos sitios existen en el mundo para dejar correr el balón, habrá que recorrer algunos, unos cuantos al menos, para comprobar si las pasiones desatadas por esa bendita cruz, que es el balompié, se asemejan o difieren a las vividas en carnes propias a lo largo de mi existencia.

Quizá sería la emoción del momento y el zoom del objetivo adquiriendo vida propia. Después de mil vueltas al asunto aún no logramos explicar el tamaño de semejante cabeza como la de Ricardo en esta instantánea. Con menos Iker Jiménez se monta un programa. Al tiempo. 

A Guawhati llego (provincia de Assam), y en Guawhati tengo bienvenida. Me uno a distrito pachanga. Con miedos y asustadizo comienzo mis andanzas, aquellas que por tierra, sin aires, nos llevaran a donde toque, o donde vaya tocando. Guawhati no es un lugar de ensueño, roza la pesadilla, el polvo se ha hecho perene y parece que de allí nadie lo quita. Esperando cama confortable, aparezco en hotel cochambroso en sintonía con el ambiente. Muchas veces te planteas, al visitar lugares como India, Vietnam, Filipinas o Camboya, las divergencias entre lo urbano y lo rural. Lo urbano es caótico, sucio, triste y desalmado. Lo rural es armonía, delicadeza, familiar y apacible. Sin embargo,  la falta de unas oportunidades que no llegan, la búsqueda de un ansiado progreso económico y personal, arrastran a las poblaciones a la vida en la ciudad. A ciudades como Guawhati,  donde la basura se funde con las aceras que se mezclan con la estrada. 

Caminar por sus calles no permite despistes ni miramientos, bien uno, bien otro, ponen en riesgo donde metes la pata y las consecuencias oportunas. No hay grandes edificios ni espacio donde colocarlos, las pequeñas tiendas se amontonan unas sobre otras mezclando toldos, clientes, vacas y transeúntes. Las bocinas de tuktuks, buses y camiones ejercen de banda sonora para una película  que en ese instante te escogió como actor de reparto. 

Los protagonistas son otros, el casi millón de personas que abarrotan este lugar, mascan betel [1] para lanzar esputos bermellones, sus rasgos no son propiamente indios, tienen mezcla de tibetano y chino, los ojos, vivos y azabache, combinan con los almendrados y la falta de pestañas; las narices más afiladas resaltan de las chatas y gruesas, es lugar de mezcla, cocktail de culturas bajo una misma patria. Los saris[2] inundan las calles de color. Morados, rosas, azules o turquesas, gamas y estilos de una elegancia tan soberbia como la impresión que producen al contraste con la porquería y la miseria. La tradición se hace fuerte ante injerencias extranjeras. Los vaqueros de moda no hacen sombra al majestuoso atuendo.


Hoy no es día para pachanga, hoy toca adaptar retina, oídos y estómago a lo que tan bruscamente te rodea, te traga para después, una vez digerido, parece escupir. Por muchos viajes que se realicen, y nuevos lugares que se descubran, las primeras sensaciones que te reciben, aquellas creadas por el inconsciente, mantienen un sentimiento de novedad que no caduca con el tiempo y la costumbre.

Una vez sobrepasadas las primeras impresiones, tomados los impulsos iniciales, comienza realmente el viaje. Y este, el que justo ahora se inicia, tiene al noreste de India como origen. La provincia de Assam, donde India crece hacia el este abrazando Bangladesh, le rodea, acapara todas sus fronteras, dejando solo libre su sur, bañado por el Mar de Benguela.


Euforias no contenidas por la aventura recién comenzada. El mapa como objetivo y la pelota como guía. Un tándem de sueños que suman más de uno más uno. Son  los animales quien parecen asustados ante el inicio de semejante tornado.

Llegamos a Kaziranga, parque natural habitado por rinos y elefantes, ciervos y facóqueros (oh amigo Pumba) [3] quienes nos reciben en un recinto sin vallas. Cuentan que también encontraremos tigres, y los arañazos a modo de macabra signatura en los troncos de los árboles así lo corroboran. La lección de flora y fauna autóctona acapara sensaciones. El intento de safari llega a resultar hasta exótico, y en los momento de  pesadumbre, cuando no aparece animal ni planta fotografiable, el conductor se encarga de poner pimienta al viaje y se empotra contra un jeep que plácidamente circulaba justo por delante. Diversión asegurada. Eso es garantía de calidad al cliente y no el detergente Colón de antaño.



Pachanga como modo de aceptar al recién llegado. Basta una mirada y un balón para comenzar por lo simple hasta conseguir alcanzar lo importante. Aquí o allí. Lo que consigue unir la pelota, que no lo separe el hombre.

El sol ya comienza a caer. Es tiempo de dar un paso a un lado. Encender los focos, extender la alfombra roja y recibir a quien tanto ya se esta haciendo de rogar. Hace su entrada estelar la pelota. El campo es de cricket pero tiene porterías. En el centro juegan con bate pero lo rodean camisetas futboleras. Es el momento. 

Algunos incondicionales dibujan un rondo de pases a modo de tarjeta de invitación. La aceptamos. Nos acercamos con timidez y sin avasallar. El palo crickero no termina de ondularse cuando ya estamos repartiendo juego en corto y en largo. Unos toques en la banda, dos saludos y cuatro miradas motivan a los presentes para dejar las bolas que se lanzan con las manos y comenzar a darle a la que se acaricia con los pies. 

La anarquía del contexto cuadra con la de las escuadras. Mismas camisetas se reparten en equipos diferentes, creando un caos de aspectos similares en equipos diferentes, donde un pase al hueco se confunde con una cesión al portero. Todos detrás del balón de un extremo al córner en un corre-pilla marcado por el bote de la bola. Presión asfixiante estilo Pep sin Messis y rodeados de Marcheranos. Del 4-4-2 pasando por el 2-8 y llegando hasta el 3-7. Los goles se suceden sin oportunidad de rascar bola. 

Noto la desolación en mi equipo. Pensaban que llegaba Iniesta y se encontraron con Iván Campo. Engaño de la fama contraída a base de nacionalidad. Todos los chinos saben kung-fu y los americanos llevan sombrero de vaquero; y ahora los españoles somos unos astros del balón por saber pronunciar la z. Nada tan lejos de una realidad que ve como Ricky traza bicicletas y recortes mientras yo lucho por no catar triada en mi debut en primera. Aún así, el alma de superviviente me coloca en la conjunción lugar-momento, y el pase de la muerte valora mi dedicación a modo de gol a puerta vacía. Todos siguen corriendo pero para mi la misión ha sido completada. 

Como en toda pachanga que se precie, lo importante nunca fue el resultado, ni la diversión ni el esfuerzo. Fue marcar tu solito de la honra, y luego salir a contarlo.   




(1) Hoja originaria de Malasia, se ha hecho fuerte en India como sustituto o complemento del tabaco, a gusto del consumidor. Entre sus propiedades demostradas esta la estimulación en la producción de saliva, fomentando el escupitajo rojo a esquivar en paseos placenteros.
(2) El sari es tan parte de India como Gandhi o el Taj Majal. Símbolo de cultura, hermosura y buen vestir. Lo lucen las señoras, no ya tan jóvenes, mostrando sin disimulo esos michelines que tanto dinero han dado al fundador de Biomanán.
(3) Desde el día al que al mundo llegamos, un peluche aparece para ser parte de una ficticia amistad durante el paso de los años. El mío fue un triste oso con menos gracia que Rajoy en videoconferencia. De poder escoger habría pillado un Pumba, a vivir yser feliz.









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