sábado, 5 de julio de 2014

LO IMPOSIBLE


Estoy aquí. Ciudad de paso. Magwe es como un concierto de Tahúres Zurdos, no sabes que existe hasta que llegas, sabes que hay cosas aún peores, pero aún así no quieres quedarte. Aquí estoy, sin poder explicar de forma verosímil y racional como he llegado…

El pachangón de ayer en Bagan a las faldas de una pagoda, supuso una tregua con los hot-spot turísticos, cuando a punto estaba de definitivamente tacharlos del itinerario.

La lucha, y consiguiente alegría, por detectar juego y bola fueron señal indisimulable de que cuanto más fuerte apostamos mayor es el premio. Así que haciendo unas maracas con mi escroto, he logrado que alguien me dijese como intentar llegar a Sittwe, y me he lanzado sin red.

Sittwe es una ciudad no tan chiquita en el no tan extremo noroeste de Myanmar, pero llegar a ella es complejo y delicado, ríete vos de MçGregor-busca-esposa en “Lo Imposibol”.

La duda

Desde Yangon voy preguntando como hacerlo; me dijeron las agencias carcas que no-way, de ninguna manera, y los turoperadores más “voy-a-la-moda-aunque-no-lo-parezca” me dijeron que solo podría ir en avión desde la capital, pese a escuchar piadosa y repetidamente que “el médico me ha prohibido los aviones”.

Seguí preguntando, su incredulidad en mi estela, ¿camisas de fuerza encargadas? unas cuantas, podría seguirse mi rastro Hansel & Gretel  a través de las caras de susto dejadas a mi paso, yo entiendo algo pero poco.

La cola birmana, estrellazgo sin gas, con Hillary Clinton y Aung San Suu Kyi de fondo, nos cuentan que el país quiere abrirse; los pinchazos de rueda diarios que me permiten estirar pierna, y la sordidez de sus moteles, cuentan porqué no acaba de estar abierto.

Póngase usted en situación, quiere ir a Ávila el puente, esta con la ilusión, quiere comer yemas de Santa Teresa in situ y ver el pueblo de los abuelos donde veraneaba Iker Casillas. Pero nada, desde Madrid no lo ven, no le dejan, ni siquiera desde Valladolid, argumentando “es que la carretera es chunga, es que es muy lejos, es que las yemas son puro colesterol, ¡con el frio que hace! ¿dónde vas a estar tu mejor que aquí? ¿qué se te ha perdido por allá? “ y otras excusas, de las que acusan al emisor y desorientan al receptor.

La respuesta

Pero Sittwe no es Ávila, en Sittwe llevan años a machetes y AKAs47; allá los budistas birmanos son muy suyos, mientras los musulmanes cuasi birmanos son de otra manera; todos quieren estar bien, pero a veces eso incluye que el otro este mal, y así, tras décadas de aparente convivencia, comenzaron los palos, la violencia radical de barrio, las casas quemadas y el nazismo 2.0.

Musulmanes e hinduistas, llegados desde Bangladesh en su mino/mayoría, consideradas gentes de segunda categoría, a las que el gobierno birmano les niega la vida etiquetados como seres sin ciudadanía, de segunda clase, sin documento de identidad tras décadas habitando el lugar, total ¿pa qué? Inmigrantes o largamente asentados, Bangladesh no es Portugal, sus alfombras son más baratas.

Tras la ultima timba de tiros y antorchas se instalaron diferentes campos de refugiados, unos para musulmanes hacinados en la miseria del desterrado, y otros para budistas capturados por vallas y controles militares, aunque en estos es verosímil el adjetivo temporal.

Allá extranjero es periodista o trabajador de ONG, de facto non grato.

Quité la pelota a Djukic y le susurre “tranqui, ya tiro yo el penalti”, así que me voy para Sittwe; El camino es largo, esta mañana la he pasado entre un carro lleno de heno y gallinas, y una pick-up de 8 plazas con más personas a bordo que el Titanic.

Ahora, en plena carrerilla, he tenido que hacer una paradinha en Magwe, cambio de transporte, a ver si puedo engancharme al siguiente convoy, y mi dedo sin falange por sueños de autostop. Hasta Sittwe 39 horas sin freno, 14 check-points militares y las fotocopias de mi pasaporte agarran con fuerza un rosario para lograr que no me manden de vuelta a zonas calmas sin guerrilla.

¿Objetivo? Echar una pachanga dentro de los campos de refugiados; siguiendo el testimonio de un reportero británico que conocí en Yangón, al que por cierto nunca vi dentro de sus cabales durante el rato que duró nuestro desayuno compartido, “…en los campos les encanta jugar”.

Suena la versión birmana de obladi-oblada en la tienda de enfrente, me acabo una falsa versión del Mikopete y en el palo no hay premio, suspiro, cruzo mis dedos por encontrar un transporte que me siga empujando hacia el oeste. Ponle velas a San Antonio.

Hoy escribo, no chuto. Seguiremos croniqueando.


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