jueves, 14 de agosto de 2014

LA ISLA MENGUANTE


El libro record de los Guiness fue creado en el año 1955, desde entonces, en sus páginas encontramos lo más, menos, máximo o mínimo de cualquier acción, rasgo físico, ocurrencia o acto desesperado por alcanzar una efímera fama que apenas alcanza la llamada de atención. Aquí en India, algún funcionario del Ministerio de Turismo debió ojear el libro de los logros, y le debió encantar lo que allí encontró, comenzando así a otorgar records a todo lugar con un mínimo de interés para ser visitado. Desde el lugar donde más llueve del mundo pasando por la isla de fluvial habitada más grande del planeta, hasta llegar al lugar donde más películas se producen[1], no existe lugar sin marca personal, como no hay día de la semana sin fútbol televisado.

El problema de tirar de plusmarca con semejante facilidad es que el día menos pensado te aparece algún desalmado con un nuevo dato recién descubierto en cualquier otro lugar, y ves como el honor se esfuma dejando caducas guías y panfletos. Ese día llegó, y la isla de Majuli cedió trono y corona, otorgando el título de isla de río más grande del planeta a otro islote del Brasil[2] para tristeza de sus habitantes, cabreo del editor de guías y disgusto del plusmarquista funcionario.

Como en tantos otros lugares, en India las mujeres sostienen a las familias y por ende al total de la nación. A cambio los hombres las marginan y menosprecian. Otorgando un papel secundario a quienes merecen un altar.

En realidad, la pérdida del título tiene truco, Majuli es una isla menguante que viene encogiendo año tras año. El proceso de erosión provocado por las grandes presas construidas en las ciudades colindantes hace estragos, acortando sus limites hasta llegar a poner en riesgo su habitabilidad más allá del 2030. Una verdadera pena el privar a futuros visitantes de la tranquilidad que desprenden sus caminos, adornados con el intenso verde de las plantaciones de arroz, para ser recorridos en bicicleta, moto o en simple paseo. 

Su empequeñecido tamaño impide pérdidas o desvíos equivocados, dejando que sea el mapa mal dibujado quien te oriente en la búsqueda del monasterio recomendado, el pueblo de la cerámica más fina, o el maestro artesano experto en la elaboración de máscaras folclóricas a imagen y semejanza de alguno de los miles de dioses adorados en el hinduismo. Entre tanto dios donde elegir, repetir diseño sería un pecado. Pero repiten. En Majuli se adora a Visnhu y sus monasterios se llaman satras. A Visnhu que en realidad no es Visnhu, sino la reencarnación de Krishna. El espectro de divinidades en India es tal, que cualquier explicación de una pintura o fresco en un templo se convierte en un galimatías de nombres, reencarnaciones y representaciones solo comparable al baile de entrenadores del Atleti en época de Gil, ejerciendo de director deportivo desde un jacuzzi burbujeante rodeado de chicas chin chin, y tal y tal...


Posan con gracia y esmero. Sin disimulo, al clic de la cámara sacan su mejor perfil para dejar constancia al curioso guiri de quién estuvo allí y con quién se encontró.

Realizando un croquis casero del crisol de santidades hinduistas, se puede afirmar que dios supremo sólo es uno, Brahman, origen de todas las formas, colocado en la picota; de él nacen sus tres manifestaciones: Brahma, creador, Visnhu, preservador, y Shiva, destructor. Aquí comienza el baile de reencarnaciones, nombres, representaciones y avatares, enmarañando lo que parecía simple hasta llegar a puro trabalenguas. Visnhu adquiere más de cien nombres siendo uno solo, y tiene nueve reencarnaciones: animales (Matsya el pez, Kurma la tortuga, Vraha el jabalí), mezcla hombre y animal (Narsinh el hombre-león), o simple ser humano (Vaman el enano, Parshuram, Rama, Krishna y Buda). La última de las encarnaciones merece especial mención, ante el inicio de la expansión del budismo los hinduistas adoptaron a Buda como uno de los suyos, dando rango de reencarnación divina al primer gran iluminado.

Todo esto creo entender, en una isla donde se habla assamese, mising y deori, nombres de sus etnias, quienes llegaron al lugar allá por el siglo XV, y hasta hoy, cuando sonríen de orgullo al mostrar sus sumergibles culturas.

Entre tanta santidad, diferencia lingüística y étnica me comentan que en sus aguas uno puede chapotear un rato y así refrescarse de un calor que ya aprieta. Con ese intención bordeo la isla en busca del punto más cristalino, que aparece, y unos señores con pinta de pescadores me señalan con aspavientos algo que yo interpreto como una invitación al baño. Ya sin camiseta observo su cara de sorpresa, y su gesto de prohibición se resume en un tejado de hojalata arrojado al remanso que aguardaba mi remojón. Continúo el paseo con la misma sensación que cuando de niño, mi hermana me ofrecía su tostada de nocilla, para una vez con la mano extendida, ya casi rozando el pedazo de pan chocolateado, se giraba y mordía con regusto, dejando desolada mi pobre inocencia de hermano pequeño.

Sin balón no hay paraíso. Los bates de cricket se hacen dueños de la escena. Cae el sol y todos ríen. Son niños. Sin mayor necesidad que la de saltar hacia no saber dónde.

Seco, pero empapado en sudor, continúo mi trayecto hacia el mero hecho de dejarse llevar. Disfrutando de las grandes ventajas que se presentan al viajero sin fecha de regreso: alargar la estancia, sin compromiso, si el lugar es de tu gusto.

Majuli se presenta como un pequeño oasis entre el tumultuoso y a menudo asfixiante día a día en las zonas urbanas de India. La vida en una isla se antoja despacito, despacito, con el ritmo que marcan los astros en su aparecer y despedidas. Aquí las mujeres tejen en las puertas de sus cabañas, de bambú y barro, las ropas para familia y amigos, separan con esmero el grano del trigo sin prisas ni horarios, y los niños campan sin padres estresados vigilando sus movimientos.

Las casas están abiertas y los vecinos forman familias, si no consanguíneas, sí barriales. Entre semejante aroma a pueblo, no dudo al pensar que al acercarse la puesta de sol, las pachangas brotarán como seguidores de Robinho tras su debut en Cádiz. Pero lejos de balones rodando lo que encuentro son bates  planos,  pelotas  de caucho y mucha  gente parada. Cuentan que el críquet[3] fue importado a la India por los ingleses para sofocar el tedio de las largas tardes en la colonia; cuesta entender el hecho de buscar divertimento en lo insulso de semejante pseudeporte, donde los  profesionales calzan barriga y pantalones de pinzas estilo oficina Torre Europa. Pero los niños lo juegan y hasta parece que lo disfrutan. No queda más remedio que dar un paso al frente y pedir vez en el turno de bateo para aplicar principio empírico, probando en carne propia, si en verdad el críquet es el tostón que tanto aparenta o en su interior guarda una llave oculta hacia el frenesí de los amagos deportivos.

Nada de nada. Ni trampa ni cartón. Más tiempo parado que Ronaldo (el de hueso ancho) calentando en la banda. Solo aquél que lanza la bola parece gozar un poco del asunto, el que batea, al menos cuando soy yo, realiza amagos caza-moscas al tiempo que la bola le esquiva una vez y otra. Del resto del equipo mejor ni hablamos, merodean en una amago de semicírculo a la espera de que algún esporádico bateo envíe la bola allí donde ellos están, como esperar que una tía se te acerque en un bar de Cantabria, mera cuestión de fe.

Y para fe, la mía. Y así decido comprar un balón y ejercer de misionero de la Orden del Santo Balompié. Sin llegar a inquisidor logro un tres para tres en un colegio que parece siempre anda de vacaciones. Ante la falta de compenetración, y sobre todo de voluntario para portería, decidimos una tanda de penaltis, elemento socorrido donde los haya. Pequeño logro ante la dictadura que el críquet marca por esta pequeña isla; esta que encoge un poco cada día hasta, UNESCO no mediante, desaparecer sin remedio en el triste anonimato de los bellos lugares que la naturaleza creó, y el hombre se encargó de destruir.






(1) Desde 1913 largometrajes de más de tres horas amenizan a indios y fans del lugar a modo de musical casero. Más de cien filmes por año, de todos los tipos y colores. Con una premisa clara, el bueno siempre gana, el malo es malísimo y no hay besos, todo queda en miradas y roces danzando estilo Chayanne en días de viejas glorias.
(2) La susodicha isla tiene por nombre Banana, más fácil de recordar que su predecesora, Majuli, aunque esta última una vez visitada, resulta difícil de olvidar.
(3) Por tedioso y monótono, da pereza describir sus reglas y funcionamiento, mejor colgar un link apropiado para semejante amago deportivo. http://html.rincondelvago.com/criquet.html





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dejanos saber qué gusta-disgusta, qué cambiar-mantener. Gracias.