martes, 17 de junio de 2014

YANGON BLOCKS



ROMANCE SILENCIOSO EN ESTRUENDO DE PATADAS

Me estoy enamorando de esta apestosa ciudad, joder, será la melancolía, será la pitopausia del viajero que se las da de bohemio. Rangún es un barullo, despeinada, como mis cejas, se encrespa, como tus ojos chiribitas al traducir estas letras.

Una postal permanente, los chavales cruzando chuts en mitad de las calles sin acera. Pachangas que me transportan a otra España, la de casi en pseudo-democracia, de aún no éramos ricos. ¿Maastricht? Una marca de mayonesa. ¿Y pa la Lola? Esa única peseta. ¿Lentejas? ¡Come y calla! La teta de Sabrina boysboysboys en la pantalla.

Hasta bien entrados los noventa no entendíamos de césped artificial ni de reservar con antelación una pista de barrio, salíamos a la palestra con lo puesto, balón abombado y regla única: parar cuando viene un coche.

Aquí lo revivo[1]. En cada callejón, exteriores de pagoda, suburbio norte o bajo gruas y diques en el puerto al sur; oyes risas con sentido y caídas sin dolor, circulan coches tartaja dando bocinazos, quejicas y brutos como rinocerontes en estampida, pero a su vez comprensivos, bajan velocidad hasta que la bola esta a salvo; luego ya sí, pasan las ruedas por encima de las chanclas, piedras o latas que son postes low-cost y high-style.

Aquí están estas cuatro almas dando el show, 2 pa 2, easy, modo panna KO, con el más enano hecho el pillo, se cuela entre las piernas a lo Toto Schillaci flor de un día mete la puntera y todo al fondo de las mallas, si las hubiera.

En el margen izquierdo nada de grada, pero sí el canalón, aguas gris oscuro casi negro, que disparan litros y litros cada dos o tres minutos, y por Ley-Murphy o hídrico magnetismo a la válvula, siempre la bola acaba ahí. ¿Valientes? ¿Inconscientes? Pies pa dentro, a sacarla con asco, desbordados en su ego, por las ganas de un futuro control-recorte-y-pego.

Pies descalzos, callo-makers sobre la brea, muy propio de urbes marchitas, donde la bronca en casa no es por las heridas, sino por los agujeros en las zapas. Y es que la Asia de por aquí mira mucho su calzado[2]. Tus albarcas son el carnet de idoneidad, que dicen si eres clase A o clase B, que cuentan tu status, tu saber-estar, tu línea ancestral. 

Unos zapatos sucios te empujan al saco de los nadies, me/se/nos la sopla la marca, las borlas colganderas o el bajo-relieve de tus zapatos, la enlucida es lo básico; por eso en tantos lugares, desde Manila hasta Teherán, encuentras máquinas de rodillo-cepillo, que escupen betún, para falsear falsos DolceGabbana y no pasar vergüenza por cierto, ¿que será de dj Kun?

[hago que pienso]

La bici de timbre verde, la barba ardaturanística, la cresta rata, el tatuaje, los pitis de liar o que un viejo se cuaje chilenas sobre el asfalto, no sé que es remix deduzco lo que más loca tiene a la Burma people, pero se me quedan mirando a cuadros, en cada rincón, a cada rato, por cada poro.

Cazo sin explicación la primera parte del Madrid–Elche en una cantina en la que nunca es invierno, y tras soñar con un mundo sin picante, la conclusión es nítida, Di María juega pachangas, arranca, frena y rearranca, refrena, y requetearranca, merece un espacio en este post.

Inevitable yo, sábado él, me paso por Sule, la pagoda central, a rebuscar el carnaval balompédico de ayer. Quedan algunos, encerrados entre balizas con alambres de espino algo muy trendy en los países paranoicos de rebelión y todo me lleva a los tobillos de Alfonsito en época bética, recortando sin más tijeras que su cadera afilada, y a Jay Jay Okocha, bailaor de cumbia colombiana en un azulejo sin fregar. Ni luz ni lucero, juego y sudo, pero no veo, apoyo manos al caer, como acaricia a perro lazarillo el ciego. 

Yangón sigue curry, mugre, cruda, al trote, putre-fact, alegre y pobre, enamoradizo estoy.



Las casas caen en picado y las ratas emigran hacia Hanói en busca de un vertedero con más porvenir. Comedor popular: mix de caras, narices mongoloides, looks hindús, barbas sikhs y casi Al Zarqawis, que no falte de nada; menos picante del esperado en sus mohingas y boundhis[3], delicatessen Adrià a precios street business [detalle izquierda, diccionario en progreso; derecha, cada día vuelve a nacer mi sobrina Vera en el marcapáginas].

PATADITAS SIN DIAPASÓN

Es domingo. Es parque Kandawgyi. Es Rangún un crematorio en Dachau. La escasa brisa no mueve hojas, mientras la sombra elitista es copada por los tempraneros; aquí ando, en escorzo sol-y-sombra, viendo como dos birmanos sin graduado pre-escolar juegan un gol-portero sin siquiera saberlo.

Es tiempo para la pachanga de playground, la de criaturas inocentes inconscientes de un fútbol vendido al póster, la claúsula de rescisión, el comité de apelación y las relaciones extramatrimoniales de Rooney o Ashley Cole.

Chiquitos y chiquitas pateando cosas redondas sin porqué ni para qué, aprendiendo a volear como quién caza la parábola de un grano de arroz con sus palillos. Llenando plazas, parques y playas, esférico es la mejor niñera, capta su atención y lo más lejos que van, es ir a buscarlo para regresar.


Decían que decía Nando Yosu que el primer partido catado te marca la diferencia entre tener gusto y tener amor por el balón.

Llegué al mundo un mes antes de que Naranjito recibiera a Matthäus en el Carlos Tartiere, y Rossi hiciera porridge en las mallas del Bernabéu que ese día celaba Schumacher. Pero tuvieron que pasar varios años de desarrollo cognitivo para anclar la vivencia a la memoria.

Hoy la chavalería de Yangón me lleva a tiempos antiguos[4], todo el día de chuts, contando toques sin que caiga al suelo, tuya-mía contra la tapia, plasticoso balón de kiosco que para servidor era joya de nácar.

Porque todos los chiquitos, en Lasha, Tegucigalpa, Comillas o Essaouira ponen la misma locura sin pizarra, el mismo descontrol, ojos chiribitas y balón despegado del pie, todos crean un mundo imaginario, donde la portería es el dragón, y la pelota es su espada para salvar a la princesa y recuperar el tesoro pirata.



[1] grande Haim, mejor sionista tras Benayoun
[2] Película iraní sin precio ni parangón “Los niños del paraíso”, todito por unos zapatos.
[3] Typical platos en la callejera gastronomía birmana. Su paella y su tortilla papas. La mohinga, sopa de pescado con hoja crujiente de banano, y el boundhi , con fideos de tofu, todo fino, sabroso y polvoriento. 
[4] Mis veranos más infantes en Alhama de Aragón, un balneario donde mis padres nos soltaban el 22 de junio, para que mis bisabuelos, con sus bastones, sus pastillas juanola y su inexplicable, por fresca, longevidad, cuidaran de mí y mi hermana hasta que los calendarios de oficina tocaban la campana veraniega. Un día, arrejuntada ya toda la familia, fui con mi padre a la pista de cemento rojizo, las que teñían las J´hayber de sexy carmesí. Yo esperaba a un lado, expectante, y entonces pasó, mi padre tiró un penalty –sin portero- cargando todo su peso –por entonces muscular- pecho abajo y dos piernas en el aire tras el impacto… ¡plash! Cuando abrí los ojos, la red presentaba honrosamente un agujero echando humo, ¡la había roto! ¡Joder mariloli! Entendí en ese momento el concepto de tirar a trayonazo, y en mi mente se erigió un héroe, un admirado, una deidad, que dormía en mi casa y se llamaba como yo.



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