martes, 24 de junio de 2014

PAGLIUCAS DE PAGODA


Ayer

Ando pinado en la, digamos, almena de esta pagoda, unos 30 metros por encima del ground, desde aquí se ve toda la llanura del Bagan, una viña de 3000 templos, estupas, pagodas y altares, rindiendo amor a Buda, a sus ex reyes y a los reyes que vendrán. La vista impresiona, me calma y me excita, me tomo otro strepsils de miel para rebajar la tos, la mucosa y el me-quiero-morir de los últimos días.

Ayer no jugué, míos huesos andaban débiles cual melena de Onopko. Llegué hecho leña de Yangón, donde arrastraba algo demasiado hardcore para ser gripe y demasiado llevadero para ser dengue.

Aprovechando la confusión de mi sistema inmunológico, me escapé a este pueblo, donde la bici es obligatoria y la UNESCO niega el título de Patrimonio de la Humanidad a causa de un hotel monstruoso construido por el gobierno de Myanmar para ver el paisaje en modo panorámico 360º.

Mientras, Birmania sigue a lo suyo, su tanaka en las mejillas, su bambú como esterilla, sus cestos de piedras sobre hombros de acero, ellas ajenas a mi paso ileso, me derrite su sol, me siento membrillo, me fundo, soy queso.

Al no jugar, busqué metadona que calmase mi mono Amedio, y la encontré en forma de derby madraca, Atleti-Madrid, 2-2 en el Calderón, una antipachanga. Hostias de gratis, 2 x 1, teatros sin pillería, dormir la bola, continencia, ir-pa-na-es-tontería, y otros pufos del fútbol comercial. Contrario al proyecto,  a lo que buscamos[1].

Distrito pachanga es un canto al desencanto, es una barricada contra la MessiCristiano-age, los Venus y Marte, Julio Cesar y Cleopatra del XXI, la huida del negocio que crujió la sorpresa. Dirigida a los enfermos del balón, pero no a los forofos de la pantalla, a los que iban a por la bola cuando se colaba detrás del terraplén y obviábamos las guirnaldas de jeringas amenazando, los raspados por las ortigas, para los agujeros en guantes de lana al estar bajo palos, para vosotros/as va[2].

Los auténticos pachangastylers van siempre al límite, con redoble de venas por temblor, asfixia carmesí, no hay piscinazos porque no hay árbitro a quien engañar, no hay simulacro porque no hay camillero que te atienda, el único margen es negar un gol legal por irse alta, ya tú sabes, en la plaza el larguero es siempre variable dependiendo de “hasta donde llega el cancerbero con su brazo bueno cuando salta sin tomar carrerilla”.

Hoy

Era este un día turbio, muy turbio, templao de templos por Bagan me fui en bici hasta Nyaung U, el suburbio.  Los días previos sin peloteo (mono de yonki con bebé por el techo) me hicieron sacar toda la mercancía; preguntando a todo lo preguntable (tienda reparadora de móviles, taquilla de billetes de bus, bedel de motel, camareta lapidado por moscas…) dónde jugar por aquí, obtengo la nada por respuesta, ni boulon (fútbol), ni chinlon (futvoley), ni hostis-in-vinegar, es época lluviosa, mucho calol mi amol.

Con todo, hice el plan y preparé la dinamita cuando una moza surgió de la nada para contarme de una escuela monasterio donde novicios y novicias budistas seguro que estaban very happy de echar un futsal entre estupas.

Motivado recorrí todo el distrito, pero nada de nada, solo algunas telas de monje secando al sol, en la escuela los chavales no eran monjes, eran de los otros, y andaban de vacaciones veraniegas. Bajonic invádeme, me meto en tetería y trato de digitalizar tanta basura escrita en cuadernos, notas, virutas y otros retales. 

El Ello, el Yo y el Superyo. Releo lo escrito, mucho ego y poco flow, no se qué es, dudo del mensaje, y con esa duda todo se desmonta, poca crónica de pachangas y mucho mi-vida-que-a-nadie-le-interesa, me duele la espalda en este taburete de Macario, llevo cuatro horas interpretando mi propia letra[3] y siento que me voy de Burma sin lograr el objetivo, que es echar un partidín con monjes.

Mañana

Me armo de nuevo, granadas de mano, pedaleo y recobro la fe en un último esfuerzo; tiro de callejas, subo monte y cruzo puente, puro instinto, la importancia de no llamarme Ernesto y de saber frenar en el momento exacto, dejar las chanclas en la entrada e ir hacia la pagoda pero sin en realidad estar yendo, intuir risas y gritos, saltar la tapia como rata sigue flauta Hamelín y… ¡ahí esta! treinta chavalines, dos porterías de bambú, arena romana y el balón… ¿el balón? …en las manos de un monje.

La pachanga es una meiga, haberla hayla, pero no tengas prisa ni esperanzas excesivas, es cabrona y se esconde, para verla no basta con mirar. Eso es lo bueno, ver a Houdini salir del acuario sin entender como se ha desesposado. Es cuestión de magia, es paciencia es intuición. Y yo busco como sabueso, cuando el sol mira el reloj y luce un "bueno-vamos-a-ir-recogiendo", ahí salen balones a flote, saco el periscopio y me la juego al pedaleo.

Antes

Al futuro clérigo le traiciona el carácter Di Canio, pero la maneja con soltura. Tras elevarla haciendo palanca con el tacón, se niega a que le retrate, cosas de ascetas, y ello promueve que saque el traje de faena.

Me quito anillos y armamos algo poco serio. El enjambre de 11, 12, maximo13 añeros, propone un todos contra yo. Me niego, podría acabar embarazado en tal lodazal. Fijamos un 6 contra el resto, que serán unos 25 cuenta-la-vieja, y peloteamos con ganas.

Hay más risas que balón, aun así cada slalom cortado en múltiple segada conlleva unas contras afiladas difíciles de contener. Se ponen 3-0 en el 5´.

Birmanos comieronse piedra filosofal y muestran alegría eterna, tanto que me chocan los 5 y celebran cada gol conmigo, pese a ir en el equipo contrario.

Inevitablemente pongo el 3-3 en base a vaselas desde medio campo. Encargo la cámara de fotos al chaval cuya sombra de bigote tiene mayor potencial de llegar a ser algo decente en el futuro, y se cuaja un par de videos que saben a gloria.

El budita se ha quedado de portero, y lo mismo hago yo, degenerando la pachanga en un campo-a-campo, con efectos jolgoriosos en la multitud que exclama “¡búah!” en cada patadón como si de palmerosos fuegos artificiales se tratara.

Incapaces colibrís de mantener la atención, se me enganchan a las extremidades para, obviando la bola, decirme su nombre, unos el real, otros dicen Lampard y otros dicen Rooney,  mientras los más torpes de pata se empeñan en cogerla con la mano y echar un balonmano sin bote. Se me sube un pillo al larguero y me salta a la nuca modo "Jake the Snake", le hago un candado amigable, y acabamos descojonados haciendo foto de equipo.



Las leyes de la pachanga, universales, que cada tarde nos hacen reflexionar sobre lo común del alma, estés donde estés, mismos patrones, mismos intentos de autopase y fallidos tacones. Un espacio diminuto pero identificable donde la justicia aún escapa de adulteradas cortes supremas e impunidades políticas malayoberlusconas, donde ´él-que-la-tira-va-a-por-ella´ permite mantener la esperanza del todos deberíamos tener las mismas oportunidades de usar nuestros derechos y de cumplir nuestras responsabilidades.

Ahora

Cerrado el ciclo infantil, aparecen los malosos del neighbourhood en actitud ´amistosa-pero-te-reto-puto-guiri-de-mierda´. Me gusta, me pone, me recuerda a Aragonés, Futre y compañía largando a los Figos de turno en el anuncio.

Montar pachangas o insertarse en las ya montadas es mucho más fácil de lo que el turista estándar “miro-desde-la-valla-con-envidia-pero-es-que-me-da-no-se-qué” suele pensar. Va más de mancharse y sudar que de pasar vergüenza para solicitar acople, va de viva-la-vida y 8que80, de no cuento cuantos somos ni quito las piedras del terreno.

En estas filosofías andaba cuando sacábamos de centro, 6 pa 6, terreno mixto, unas zonas con bancal de arena que ni Olazabal la levanta con hierro 8, otras zonas de hierbajo urticante, písala Paulo Roberto pero bicicletas ni lo intentes, muchos metros de piedra y cristales rotos de litronas bebidas en la alevosa nocturnidad; la clásica sombra donde  se escondía Suker en el 98, con semillas tripincho que se clavan en la planta del pie con la fuerza de un amor no correspondido, y el resto, zonas de transición.

El marco, incomparable, la pagoda Schwedigonpaya hace de tapia y marca la fuera de banda, haciendo parapeto para que los despejes modo a-mamarla no se vayan melosos por el río Ayeyarwaddy hasta el delta del Pathein al sur del país.

Unos jugamos descalzos, sufriendo la supremacía podal de los espabilados con alpargata de no muy buen ver. Me incorporo de 11, cayendo a la creación pero con llegada, aprovechando la complicidad no negociada con ¨Koko Ung¨, birmano con mejor desborde que gusto, a juzgar lo chinocudeiro de su uniforme amarillo chillón.

Me la pone picada sin mirar, fuck yeah, tarde o temprano tiene que salir. Juegan fuerte, fortísimo, creo que hay pasta-apuesta detrás, aparte de rey de la pista, lo que incluye barras bravas enloquecidas por el sudor que nos secuestra.

El rojo serrín mojado que configura cada escupitajo, fruto del betel masticado, confiere a mi marcador cierto toque Alkorta en primera época bilbaína, secante. Empiezo a confundir mi sudor con el suyo, pero no me permito darle importancia porque los cristales y las semillas machete roban toda mi atención.

Centro plátano, diseñado en Canarias y firmado por De Pedro, me permiten poner el 0-1 de digna volea, pese a la estirada del portero. La grada se viene arriba, y aún no he mentido que soy de Barcelona.

De una pared con el lateral incorporado, que es un bendito y me pide múltiple perdón cada vez que no me la pasa, sale el 2-0, fácil. Revolución, sale nuevo contrincante a la palestra, extramotivado, me han pillado matricula, me chocan los 5 al pasar y ajustan la gomina de sus flequillos aprovechando la melaza de polvo, arena y sudor.

Así hasta 8 equipos, van cayendo uno tras otro, y me alegro de no ver intercambio de billetes por ningún lado.

Es puro vicio al ocio, competi en estado extremo. La felicidad en un rectángulo de 30 por 20. Hay córners, al fin, joder, sí, siento que mis gónadas en esta vida aún tienen cosas que hacer. De banda con la mano, de esquina con el pie, lo que me permite un borrador de Drogba al Bayern en el 91´, brinco, giro cuello violinista marcando el tempo como bolero de Ravel, impacto frente y el balón sale flechado hacia el cajón de la primera escuadra, donde, por mucho que salte el Barjuán de turno, nadie tiene nada que hacer.

Nuestro guardameta es el jodido Ed Warner, sale por abajo como cátcher de los Dodgers, puños por arriba, Casius Clay versus Sugar Robinson; es un portento, cabrón, me tiene expectante a ver cuando hace el muelle palo-contra-palo para definitivamente pedirle matrimonio.

Me he saltado el ´súper-trendy-how-the-fuck-you-could-miss-this sunset´, hoy no podre ver a cientos de chinos, japos, franceses y alemanes amortizando sus cámaras réflex con el atardecer. Tras dos días como iguana en lo alto de algún templo viendo al sol desaparecer, hoy lo hago desde el pico del área, cae astro rey por el lateral de la bóveda, blanca y descascarillada, que reina la pagoda.

Monjes de magenta tela, feligresas con cestas en sus cabezas, peregrinos con ganas de foto y souvenir de camino, entran y salen dejando sus plegarias, mientras pienso muy seriamente que voy a morir de sed.

Después

Último partido, la luna sale en negro pantalón corto y con silbato, para dar el pitido final. No hay Toro Aquino que mueva este 0-0. Desfondados, jadeantes y tiesos, todos menos el portero, que sigue redactando la constitución y sus anexos, se decide acabar por penaltis.

Qué belleza, como me gusta fingir lo profesional. La colocan, pienso, sin decirlo, que es doble penal, porque la portería queda donde cristo perdió el pin del Racing; empiezan la serie, se va alta, me hago el profeta y les explico, como me explicaba en su día mi padre, que “la clave esta en el pecho, que si lo subes se eleva y si lo orientas al suelo controlas mejor la altura” (sic)…

…siguiente escena: tiro yo y la mando alta.

Nuestro Fábregas de turno (¿ese tío iba con nosotros?) la ajusta fríamente al palo diestro del portero para cerrar esta tarde de pachanga, de amistades escandalosas, de qué bien me lo paso cuando se pone a rodar esa cosa.




[1] Ayer conversaba con Gael, documentalista potencial de Chamonix (Francia), que tras hablar de todo, la vida y la muerte, me pregunto ¿y por qué fútbol, por qué ese tema?, a lo que respondí:

“Encerrado, en tu zona de confort o inconfort, haces de tu barrio el centro del universo. Cuando sales, sin ruta cerrada, sin plazos mandones, sin la extorsión de un grupo o un paquete turístico, abres la mirada, te sumerges y sientes, inevitablemente, esa conexión entre las personas, ese sentimiento de pertenencia a una misma especie, ves que lo raro y diferente es casi igual y corriente, que tengo más en común con un amazono, un mongol o uno de Chamonix de lo que pensaba, de lo que todo en mi barrio me hacia pensar...

...y esa conexión, esa vertebral que nos une como humanidad, es simple y divertida, disfrazándose cada día de fútbol callejero, mismas risas, mismas celebraciones, mismas patadas, sentimientos y caídas, encuentras cosas similares en cada lugar, con cada raza, en cualquier momento, la pachanga refleja la historia de una especie que sobrevive gracias a su unión, aunque muchos de sus miembros no lo saben, porque tienen miedo de los demás”.

[2] Sin embargo, la dedicación verdadera, que no la dirección, es para las personas anti fútbol, la mayoría, las acosadas, secuestradas y violadas en el callejón del telediario entre las noticias de internacional y el tiempo, las saturadas por Gol TV, por puritos Dux en la radio cada domingo al volver a casa, por recalificar la Ciudad Deportiva en nuestra cara, por UEFA-martes, Champions-miércoles y Recopa-jueves, por perderse al oír “no, no hay Mundial, esto es la Eurocopa”, los y las hasta los huevos del business que hipnotiza y roba el alma, que absorbe la energía del explotado para poder reaccionar-y-evitar que unos pocos puedan seguir jugando al Circo de Roma.

[3] Empatizo con Rajoy, realmente notable, a veces la auto-letra no se entiende bien.



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