sábado, 7 de junio de 2014

MARACAS DE MACHÍN


Tren Mawlamyine-Yangón…

¡Y nos vamos! Vaya charanga. Unas vías diseñadas por Calatrava, y una catenaria trenzada con cordones de zapato mocasín, ponen el vagón en órbita. Llevamos 7 horas dando brincos, intercalando risas en los espacios de silencio que nos permite tan sufrido gemir. Veo cabezas que suben y bajan, aleatorio, asíncrono.

Hacia los lados también hay surtido de hostias, para todos y todas, que nadie se queje. Rollo en la olla de las ferias (paella, disco, tortilla), donde vibraban las mamas turgentes de las adolescentes mientras los pubertosos pavos tratábamos de aguantar con una sola mano en la baranda, como gesto de cortejo y patética chulería fingida.

Una población de moscas equivalente a Jaén trata de poseer mi cuerpo. Buscan erógenas áreas, como los muslos y las tras-orejas, en una suerte de preliminares, que sintiéndolo en el alma, no va a ir más allá.

Enfrente, que es aquí mismo -porque a veces, y por confusión, rasco su rodilla en vez de la mía- esta “Doña Sawe Sawe”, birmana de porte tabernera, caderas de lo-que-no-ha-aguantado-ella-no-lo-ha aguantado-nadie, que me sonríe y me deja de sonreír, sin yo saber aún cual es el criterio, ni por donde empezar a buscarlo. Ella va tirando, sin pausa, movidas por la ventana; me arde la vena comeflores y, sin querer recriminar, la pregunto porque mejor no deja la basura en una bolsa y luego ya la tiramos donde sea.

Me mira porque tiene que mirarme. Cuenta que lanza caramelos pa los críos en las aldeas. Rollo Nestlé soltando caduca leche en polvo desde avionetas sobre Darfur. Callo, pienso, sigo jugando al funambulis-nova para escribir a vuelapluma en este vaivén.

Levanto pa piti, talgo-style, cada asidera que toco me impregna de tanaka, ungüento contra el quemado solar que cada birmana, sin excepción, obtiene cada mañana al restregar su pieza de madera contra la piedra de afilar, juntando el polvo con agua antes de embadurnarse frente, mejillas, nariz y parpados.

Siguiendo tradiciones de época goyesca, acá lo moreno es pobre, triste y campesino. Lo pálido es bello, noble y fino. Mientras en westernlandia nos suicidamos lentamente a rayos uva, en este lado, paraguas en verano y guantes MichaelJackson para pasear. Contradicciones en este huntingtoniano choque de civilizaciones, donde ya avisa la profecía, que la-muchas-veces-mayor inversión en cirugía estética que en remedios contra el Alzheimer derivará en viejas de tetas gordas y viejos de pitos duros, sin que ninguno de los dos recuerde para que servían.

Casi-me-limpio la tanaka en la pernera del pantalón, y abro la puerta del tren, ¡vivalavida! me ve Adif y me demanda. Todo es pasto, cultivos sin hileras, secarral, con tramos cenegados, un despropósito agrícola (y sin haber aún PAC), otro más. Nada que decir. Quiero cerrar, pero no puedo. Me siento y la puerta entra en una epiléptica espiral de abre-cierra que es imposible obviar, suena la banda del pueblo tocando los platillos. Pongo walkman para camuflar los chirríos. Suena La Mala. Este permanente escorzo para escribir sobre muslos y baches augura un buen six-pack para el verano. En ese caso -que es que no- prometo reportaje para Mens Health[1]Lograr tableta en trenes birmanos”.

(escala ferroviaria y cambio de tren)

Un nuevo tren, tempo lento y caldera mojada. Vamos hacia Yangón, y este transporte de una noche de verano alcanza su pico de velocidad extrema en los 14km/h, lo cual permite fotografiar a las vacas del camino, sí, pero no a las personas, que tras recibir saludos tipo Juan Pablo II, nos adelantan sin necesidad de acelerar su marcha. Esta catenaria y su artrosis permiten escribir con mayor estabilidad que una mesa estándar de restaurant, tan orgullosa ella de su cojera[2].

Port Aventura es paseando a Miss Daisy comparado con este tren de los horrores. Vamos por railes suspendidos difíciles de justificar ¿sería para evitar el desbroce? ¿las expropiaciones? es verdad, es jodido calcular justiprecios, hasta la palabra suena a broma, pero no sé, la estructura esta de plataformas para aguantar los railes también debió ser un pico, ¿compensa el vértigo con las vistas? Voy al baño con la esperanza de no mearme los tobillos con este sexy traqueteo; vuelvo, y nos balanceamos en péndulo cortejo de amor entre los vagones y el dios-nos-coja-confesados. 

¿El paisaje? pa llorar, ¿la estética? vintage, y el soldado precoz sentado a mi derecha, feliz de retornar a su pueblo tras la mili, me mira meloso mientras canta en burmese un arte de chanson nouvelle que me roba el alma, pirata.

No hay pachanga, sólo me desplazo, un desmarque al hueco con la esperanza de un Yangón enraizado, encantador y turbulento. Sintonicen nuestra emisora, lo mejor está por llegar.



[1] Asi de flashes, de pasar por Relays en estaciones y aeropuertos, ¿no es qué siempre sale la misma foto del mismo pibe hablando del mismo six-pack en los mismos -y tramposos- períodos de tiempo en todas las publicaciones de Men´s Health? Así sin comprobar ni nada, pero huele.
[2] ¿Por qué nadie recuerda el hachazo en el Insular del Chapi Ferrer a Miguel Angel Valerón en un partido de la Copa de su ex-majestad paquidermicida? Ese día se acabó un diamante con más kilates que Juan Carlos, su hermano, y también que el otrora Rey (homo abdicum).


1 comentario:

Dejanos saber qué gusta-disgusta, qué cambiar-mantener. Gracias.