sábado, 14 de junio de 2014

MANOS PIENSAN


«By the rivers ooof Baaabylon» llego a Chaung Tha a las cuatro de la mañana, tras el inexorable retraso del bus nocturno, tanto en la salida prólogo —vieja escuela PericoDelgado—, como en las ya-perdí-la-cuenta-en-la-tercera parada. Paradas para desvelar, gruñir, mear y beber. Beber para tener algo que hacer con la vejiga en la siguiente stop.

Por suerte y guión, el aire acondicionado modo gulag a la intemperie, ha dejado mi garganta como el codo de Amavisca, y la falta de kleenex promete unas buenas mucoso-velas camufladas entre la barba y la falta de compañía.

Chaung Tha es pueblín costero, al oeste de la capital, bañado por ese oceano Índico que-si-tú-me-dices-ven-lo-dejo-todo, su nombre significa «corriente tranquila» y he brincado acá con la idea poco transgresora de hacer tiempo mientras: 1. Me tramitan el visado indio, 2. Aclaro ruta de las próximas semanas, y 3. Capto algo de vitamina D para igualar el tono de mi piel tras lograr un meritorio cuerpo fresa-nata durante mis días de indeseado quemado por Yangón.

Mientras no consigo ninguna de las tres, aspiro al menos a jugar unos penales o simplemente a-palos[1].

La insoportable soledad del ser leve me lleva a recorrer kilómetros de playa rocosa en busca de una bici de alquiler; una vez localizada no tengo cuartos suficientes ni me cambian dólares por la zona. Tras rechazar tajantemente mi falsa oferta de autoprostitución, la dependienta se queda con mi pasaporte como fianza. Me lanzo a la búsqueda de un negocio que necesite blanquear billetes, pero no encuentro joyerías ni peleterías sin clientes, lo cual me recuerda que no estoy en esa España, la de los billetes de 500 napos, y dejo el problema correr, con la esperanza de que el hambre al mediodía me obligue a buscar una solución.

Aparco tras la duna perfecta, activo el zoom, voyeur de balones y porterías, fetichismos insanos de la era digital. Es una playa larga y tristona, donde veranean las familias de la capital que no son tan ricas para ir a los resorts chulos del norte, ni tan pobres para ver la playa en los pósters promocionales tras la luna de viajes Marsans.

Se alquilan salchichas flotantes, las chicas van tapadas, van to-pavas, los chicos flirtean, con falsas risas y birras calientes, con pelo corto y pendientes. Me presento como Adolfo Aldana, no nos reímos, ni ellos ni yo. Me piden y se hacen fotos con este ermitaño, llevo un atillo y soso traje de baño. Tal vez me confunden con otro alguien, me confundo yo también. Acabamos riendo.

El sol sigue en la parada esperando el bus del mediodía, y entonces surge, como Marta Sánchez inflamando nacles de fragata militar durante la guerra del Golfo... ahí esta ella, la pachanga, ¡ella!, el tócala-y-vete, el gol portero, la elimi, los postes hechos con dos mochilas… Ahí en cada rincón de tierra esta ella, con las piernas semi-abiertas y por depilar, esperando quién la invite a un mikasa on the rocks.

Esta vez es informal y desfondada, si fuera una fruta, o una mameya, su adjetivo sería chuchurría. Porterías chiquitas, balón amarillo, partido roto, no hay mediocampo ni estrategia de contención; el sol es Jake LaMotta, pega, destroza, fuma, bebe y ni se inmuta.

Antes del desmayo colectivo frenamos e invítanme a coñac caliente, rechazo la oferta, están cuajados, unos más unos menos, 10:40 AM, «M» de mamao, 40 de grados a la sombra, esa que no veo por ningún lado.

Huyo, tras la ebria foto en sepia, y encuentro una cala con la calma de una neurona en Sensación de Vivir, poca metafísica en 90210; ando tan tranquilo y escondido que podría leerme una SuperPop sin miedo a que alguien me pillara desplegando el póster de Dylan y Kelly en sexy pose.

Zambúllome en George Orwell y sus días birmanos, que me cuentan bastante de porque lo que era ayer sigue siendo hoy. Retrato de un país sometido al elitismo colonial. Birmania era y es el país más grande, rico y diverso del sudeste asiático; almacén de maderas nobles y traicioneras, de minerales puros y herejes, petróleo para correr y opio para evadirse y soñar con un país más humano que sus dirigentes.

Al pueblo le robaron la risa, entre otras, esposando a su principal comediante, Zarganar, culpable de gran delito, divertir a su gente:

«Reunidos un yankee, un british y un birmano, tratan de relucir quién es más valeroso.
—Nosotros los americanos, con una sola pierna, hemos logrado subir el Everest dos veces...
—Ufff, eso no es nada, mira, nosotros los ingleses, con sólo un brazo, hemos cruzado el océano Atlántico varias veces ya...
—Bueno, bueno, todo eso es verdad, y esta muy bien, pero los birmanos, mira, tenemos un señor capaz de dirigir el país durante 18 años ¡sin ni siquiera tener cabeza!».

A falta de sus chistes, la gente se dejó la sonrisa puesta, haga sol o llueva, pues como me repiten, quién no desea el mal, feliz se hace.

Playa desierta, me quemo sin crema. Siluetas se acercan desde el horizonte, recuérdanme a banbanLuckyLuke. Visionarios indígenas, otrora pescatas, han dejado las redes de cazar caballa y han pintado rayas blanquinegras titanlux en el lomo de sus caballos, el benchmarking para llenar el nicho es evidente, ¿qué turista chino podría resistirse a un paseo en cebra por la playa? Arriesgo mis pupilas arrodilladas al sol y les cuestiono el negocio con mi mirar: «La cebra tiene las crines negras, y vuestros ponys lucen plaga de blancos plumeros». Se ríen, mucho, demasiado mucho, y achantan. Tengo un pálpito, los maquilladores de Lluvia de Estrellas andan sueltos y dentro de ti hay una estrella; si lo deseas… brillará.

Cabalgo la bici mientras George Foreman anuncia barbacoas sobre mis hombros, cerca de la cima aparece Mowgli de entre la jungla, máximo 20 palos, mirada que no ve, suda hectolitros, lleva el mismo machete en el que se inventó el tétanos; me pide todo sin mediar fonema; le paso mi agua en llamas, tiene hambre y yo ni un duro, le aúpo a la rejilla del biciclo, siento el machete en mi nuca y flota mi boya de paranoia, agarro por el filo y lo dejo en cesta delantera murmurando échate-pallá-questás-mu-pacá. Comemos mangos y guabas, yo cojo, él corta, yo pregunto, él calla. Desaparece de nuevo entre los matorrales, espero unos minutos en el sillín con la ilusión de ver salir a Baloo de entre los arbustos…

... La nada, ni alegría ni disgusto.

Bordeo varias playas en zigzag entre palmeras, mientras calculo la potencial trayectoria en caída de sus toscos cocos y me hago el loco al oír mi nombre exclamado por esa rara pareja que he conocido desayunando en el albergue. Ella, madre artista, un baifo como las maracas de Machín; él, hijo francogermano con look New-kids-on-the-block y mirada estoy-hasta-el-rabo-de-mi-madre-busco-desesperadamente-amigos-para-fumar-petardos. «¡Corred!», grito a mis pies. Si me paro lo jodo, ya no salgo, me pierdo algo, hipoteco puesta de sol y firmo cena con velas para tres.

Escapo dirección sur, buscando otra batalla, otro balón que pique el empeine por exceso de arena.

La pachanga es neuronal, se desarrolla sola, conecta nervios y músculos sin guión previo, es kinestésica, vale siempre, en cualquier superficie. Chiringo de playa, sombrillas, chopitos, esguinces, camillas, último se la pone, si la pierdes pillas.

Aparco junto al fenicio de los donuts hinchables, esta demasiado ocupado para picar nada, su flujo de caja es imparable cual tienda Abercrombie en París, pues acá nadie sabe nada de nadar. ¿Moussambani acá? Le llamaban pez vela.

Aprovechando la confusión del párrafo anterior, organizamos no-seriamente un 6 pa 10, postal de antaño, pinkis[2] en la segunda del Sardinero, sube marea, se recorta la cal, extremos transfórmanse en interiores, Joaquín es Michel y Finidi es Vizcaíno; playmaker en bunker es Chema Olazabal, hierro 7, no hay quien baje del par, a ver quién la saca del pozo.

Cuerpo a tierra, croquetas humanas, son muchos y me evaporo en la borrasca, perdemos de varios goles pero gano varias gotas en el objetivo de mi cámara, nos bañamos en estampida, Mufasa cae por el barranco, se ríen como si no hubiera un mañana, y para mí, este día es eterno.

Sigo, pedaleo, me miran más de lo que veo…

La pachanga busca el homo pernis, cada recorte y pase al hueco moldea nuestro cerebro y exprime las meninges al son del rondo contra el catenaccio, ese juego donde la plasticidad del pensar se beneficia de cada uno contra dos en el que no vale la línea recta para continuar (excepto Hierro autopassing contra Suiza). Pienso en esto mientras recuerdo a ese amigo que, trabajando en un museo francés, cada mañana leía en su puerta la inscripción «L’homme pense parce qu’il a des mains[3]», palpándose la relación entre nuestros dedos gordos prensadores y nuestra materia gris, dedos invento luego dedos avance. Piernas pisan porque cerebro ordena, cerebro crece porque manos experimentan. Y en Chaung Tha encuentro la sinalefa que pone todo en orden.

Se llama Buu Sein, eso entiendo, fijo que sesgo. 1,40 de altura, 11 añazos, vive acá entre las olas del mar y las montañas del vertedero; le falta la izquierda, ¿fue la polio o fue una mina? No indago, sería morbo; la muleta es larga como anchas sus ganas y carcajada, no frena, tantas zancadas como aleteos un colibrí; sube, baja, se tira en segada, no se la pasan, ni a él ni a nadie, ni se inmuta, sigue a lo suyo, que es jugar por jugar, que es ser niño, aunque la suerte, aleatoria en lo cruel, le obligase a saltar muy alta la valla del crecer.

Impressed voy, shocked quedo; es una muleta bajo la axila, no más, pero cuenta mucho más de coraje, vida y psicomotricidad que una enciclopedia, tiene manos, piensa y juega, todo bien, y todo sin parar.




[1] Maravillosa brizna de la ciencia pachanguera, donde los jugadores tratan de dar con el balón en los postes (1 punto) y el larguero (5 puntos). Escuadra vale 15 puntos.
[2] Calcetín de felpa, neopreno o sabe-dios-qué usado en fútbol playa para paliar el dolor del golpeo y la tarascada.
[3] El hombre piensa porque tiene manos. Anaxágoras, un siglo antes de que Cristo naciera.


2 comentarios:

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  2. Y eso me recuerda a una terraza en Vietnam, dónde discutíamos sobre un medigo que pedía recorriendo las calles apie de un lado a otro, sin pasarle gran cosa realmente. Que es mejor, pedir? dar pena? o luchar y demostrar que la verdadero problema esta en los ojos de quien mira y ve una debilidad donde, si uno quiere, pueden haber "manos que piensan".

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