jueves, 1 de mayo de 2014

KHMER´S MISUNDERSTANDINGS

Phnom Penh fue el prostíbulo de Asia. Resquicios de esos días sobreviven en sus callejuelas hiperactivas. Muchachas de faldas cortas adornan con sus bellezas los accesos a restaurantes y bares bajo grandes luces de neón. Camboya lucha por sacudirse pasados. Invadida por franceses, despedazada y masacrada por Pol Pot[1] y sus secuaces, ocupada por vietnamitas, bombardeada por estadounidenses, saqueada por chinos y ninguneada por tailandeses, el imperio khmer nunca será lo que fue ni Camboya ya lo busca. Prefieren su recién lograda paz, pasear al atardecer por la orilla del Mekong sin que nadie les moleste, colocar sus redes de palmera en palmera y jugar sus partidos de futvoley improvisado, con esa pelota de ratán que carraspea al ser golpeada. Solo quieren vivir tranquilos. Tanto pedir hace no tanto.

Yo sí pido, un poco al menos, que me dejen mirar un ratín a su realidad, preguntar e indagar, para intentar aprender; masticarlo y digerirlo, para después tratar de contarlo, aunque a veces tenga que ser desde el desentendimiento.

Si los niños son sinónimo de alegría, Camboya es el país de la felicidad. Más de un tercio de la población es menor de 14 años. Generaciones nuevas con la mente limpia de guerras y horrores, llamados a construir un nuevo futuro.

Tres lecciones básicas marcan el destino de un recién llegado: aprender la lengua, mezclarse con lo local y esforzarse por entenderlo. Una suerte de control, pase y tiro, llevado a método de integración.

Lecciones de lengua khmer desde la primera semana, el buenos días se mezcla sin clemencia con el parece que hoy sí llueve. Beckham conversando con Sergio Ramos.

Vivienda compartida con locales, cuesta diferenciar quién es la tía y quién la abuela. Clemente entrenando a Camerún. 

Mismo restaurante donde desayuno cada mañana, único extranjero, se ríen de mi barba, decido afeitarme, continúan riendo. Pato Sosa presentándose en el Manzanares.

Sin cumplir ninguna de las tres leyes fundamentales de adaptación te mueves con soltura entre su gente, regateas sin miramientos en sus mercados, participas sin vergüenzas en sus ceremonias, en una suerte de Salinas alcanzando el mano a mano, cuando la pelota acaba en gol sin comprender muy bien cómo.

Tierra de sofocos, sudadas, desvelos y madrugones, los que marcan los escandalosos funerales acomodados en tu puerta, los mercados improvisados dos calles más allá, y el calendario de la Champions en días de diario, monjes con móviles última generación, camuflados en túnicas anaranjadas, rondan las calles phnompenhianas tintineando campanillas al tiempo que esquivan alguno de los cientos de tuk-tuks que merodean en busca de clientes.

En césped o asfalto, bajo un sol resplandeciente o un cielo encapotado, aun en lugares donde otras actividades roban protagonismo al balompié, siempre aparece alguien dispuesto a colocar dos piedras, mochilas o parecidos, congregar a unos colegas y dejar rodar la bola... Pachanga en su máxima expresión.

Al igual que al monarca Sihanouk en época de Lon Nol[2], el fútbol no ocupa su trono en la tierra de Angkor Wat[3]. Otros deportes se hacen su hueco desbancando al rey. Ninguno hace sombra al prodal, el arte marcial de la zona, calco del vecino thai boxing, una suerte de WWF sin esteroides ni fingimientos, simulacro de batalla a base de patadas, guantazos y mamporros al ritmo de la música tradicional que marca los tiempos de los asaltos. Asistir a un combate en directo es un combinado de sensaciones, del asombro llegas al entusiasmo tras pasar por el rechazo, la melodía cronometrada se mezcla entre el bufido de los golpes y el griterío de los presentes, quienes, boleto en mano, rugen y maldicen al maltrecho combatiente por cuya victoria han apostado los rieles[4] que tienen...

…y los que deben.

Prestando un poco de atención, como un buen ojeador de La Masía (sin fichajes dudosos ni artículos 19), basta con buscar en los lugares adecuados y en el momento oportuno para encontrar donde menos se espera la pachanga de rigor. Los contendientes calzan sus mejores galas, zapatillas de imitación recién llegadas de las maquilas del extrarradio, donde los salarios van acorde con el precio de mercadillo. Camisetas de viejas glorias, jugadores caducados, Baúl7 aún parece estar en la élite, y McManaman, recién debutado. ¿Porterías? Improvisadas. ¿Balón? Algo que ruede. Las dinámicas son las ya adquiridas: tirar un caño antes de marcar, un último recorte previo al pase, si estoy solo me juego la vaselina, si es penalty chuto a lo Panenka… el adorno cuenta más que la eficacia, ganar sin arte es trofeo sin gloria.

Al norte de Camboya, donde el Mekong traspasa la frontera que lo separa del norteño Laos, se encuentra el pueblo de Preah Rumkel. Lugar de pescadores hasta hace poco, cuando el delfín del Irrawahadi hizo acto de presencia y el gobierno tomó posición en el asunto. La captura de pescado quedó vetada en aquellas zonas donde el cetáceo autóctono navega sin sentimientos de culpa ni arrepentimientos. No hay pesca, no hay comida. Ni qué vender en los mercados.

Identificado el problema, búsqueda de soluciones. El eco-turismo basado en comunidades parece la escogida y, una vez descubierto, el lugar merece ser visitado.

Si alguna vez, caminando plácidamente o apresurado por las prisas, tiene el tremendo infortunio de cruzarse con un individuo con aspecto de hombre pequeño más que de niño grande, calzando bermuda de joven explorador y con pelo cepillo, baje la vista y arrugue los hombros al tiempo que cruza de acera; si aún así no consigue desviar su atención... corra. Bolita anda suelto y esta empeñado en ser peligroso.

En cada viaje al poblado me reciben bola en mano. La chavalada anda agitada. El guiri se transforma y protesta hasta los saques de banda. Si es falta, apaña la pelota y pide pasos a la barrera. Importa reglas básica que por allí suenan dictatoriales. La gente no se achanta, pierna fuerte y segada cuando toca. O complace. O apetece. Parecen niños pero son fieras. Y el jefe es un tal Bolita. O así le llamo. Aparenta un hombre reducido y luce corte terminator. Acojona. Ordena a su cuadrilla sin contemplaciones. Mano de hierro. Sus seguidores acatan órdenes y reparten sin miramientos. Pepe terminaría a pisotones y Ramos en la caseta. No son partidos para Romarios, es territorio Diego Costa. No existen combinaciones ni amagos de paredes, la ley del más potente. ¿Y yo? Yo calzo cuerpo escombro. Entre tarascadas y agarrones los goles van cayendo, como fruta madura en tarde de otoño; se impone castigo al perdedor, todos abajo, manos altura de los hombros y levantar el culo a modo de flexiones. Nadie quiere besar suelo al contar de los vencedores. Las pachangas se convierten en un acto de supervivencia. Único objetivo: salir caminando sin cojera...

…o con fuerzas suficientes para disimularla.



[1] Del 75 al 79 Camboya vive el periodo mas trágico de su y nuestra historia. Pol Pot se disfraza de liberador revolucionario y 3 días después impone el régimen de los Khmeres Rojos. Toda persona con mínimos roces intelectuales (aquellos capaces de dar la vuelta a un libro del revés) fue torturada y asesinada, a piedras y palos, para ahorrar en balas. 1 de cada 3 personas dejaron de sufrir. Reflejado inmejorablemente en el film “Los gritos del silencio”
[2] Marzo de 1970, el rey de Camboya, Sihanouk, viaja a Francia. Aprovechando su ausencia, el general Lon Nol toma el poder del país. Sihanouk establece un gobierno en el exilio desde Beijing.
[3] Símbolo del país, por aparecer está hasta en la bandera. Máxima expresión del Imperio Khmer, al visitarlo te reciben sus ruinas y raíces enlazadas entre la piedra, en un ejemplo de armonía entre creación humana y naturaleza viva que dan ganas de sacar libreta y comenzar a pillar apuntes en el rincón del tanto-por-aprender; mientras amagas con registrar la reflexión metafísica del día, sientes que miles de caras te observan sin discreción, sus rostros tallados en la piedra no muestran curiosidad ni asombro, es más bien una pizca de orgullo, a modo Casillas levantando la copa una fría noche sudafricana.
[4] Moneda local de Camboya.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dejanos saber qué gusta-disgusta, qué cambiar-mantener. Gracias.