martes, 27 de mayo de 2014

DRIBLANDO BY ROAD

Ando en esas ciudades fronterizas donde todos sospechan de nada y las miradas curiosas teclean calculadoras estimando el valor de mis órganos en el black market. Polvo en forma de avenidas conduce hasta Nawadi Bridge, el puente que de momento me permite pasar, a footing, la frontera entre Tailandia y Birmania. Con el mochilón crujiendo vértebras a cada paso, trato de llegar antes de que cierren la oficina de inmigración. Llego y flipan, por caucasiano, por ir a pata, por llevar un palo de bambú y la cami de Thomas Brolin[1] como céfalo-pañuelo. «Estoy fuera, ¡lo noto, joder! ¡Tenía que haber esperado un día más! ¿Ahora toca qué? ¿Dormir en el puente?».

–Hola –mira la foto– ¿Eres tú éste, chaval?
–¡Si!
–Pues hoy yo soy tu suerte.
–¡Ey! ¿Qué tal?

En Birmania es media hora menos que en Tailandia, así que mis veinte minutos de retraso se convirtieron en puntualidad bávara. Estoy dentro, camino sin rumbo y me alojo en un pseudolupanar que huele a lo que huele mi imaginación cuando recuerdo la India. Como con las manos, vuelvo a la mugre, estoy temeroso y encantado. Estudio mi kit básico de birmano para pachangas: «Hola. Fútbol. Barcelona. Jugar. Balón. ¡So good! ¡So bad! So sorry». Y vamos tirando.

Localizo una tapia con pinta de estadio. Tierra con forma de campo, grada derrotada con marcas de bala, cicatrices de fusiles en alto que aún relinchan cada cierto tiempo. La etnia karen[2], montañera y guerrera, pasa de la junta militar gobernante, como casi todos, y su guerrilla lleva años reclamando soberanía. Estas semanas hay calma, por eso me dejan quedarme.

Cuatro de cada diez birmanos pertenecen a grupos étnicos minoritarios. El país mal-lidia con 17 conflictos a tiros abiertos. Uno, desde fuera, no entiende porqué tanto secretismo y cerrojo. Luego llega y lo entiende, aunque no lo comprende. (Foto picada, merci)

Echamos un rondo y se confirma la relación, inversamente proporcional, entre la comodidad vital y la espontánea calité sobre el terreno. Myanmar es uno de los tres países mas empobrecidos de Asia, por aquí no se ve nada ostentoso, incluso los coches de los sobornantes son decrépitos y tosen al rodar. Pero estos chavales la mueven bonita, cambios de juego, salidas en pared y desborde amplio hacia el centro, dejando pasillo para el doblaje de los laterales por la chicane.

…¡Oh yeah! Me han clavado los tacos, ¡Riiiiico, mamiiii! Mis alpargatas de bádminton vietnamita hacen del término slippery una vocación. Me como el barro a little bit y cerramos la puesta de sol con un chicho a bocajarro del chuleta de la clase, al que un servidor se la ha dejado como Guti al gato contra el Depor.

Una cami del Barsa, una pantaca del Madrí, pedregal, alambradas y toque de queda, cientos de ojos x-rayean mi silueta como UFO aterrizando en Socuéllamos. Si no salgo rápido de aquí me harán una vitrina en el museo antropológico.

MYANMAR A LO BURMESE

Pasamos la frontera y tenemos que esperar un día hueco porque la carretera –¿me atrevo?– es tan estrecha que los carros solo pueden salir los días pares –los impares son para entrar.

Me levanto pelín doblado, barniz de mosquito bites y una dormidita a tramos –me levantaron a ver la segunda del City-Barsa en el chiringo besides the motel. Me invitan a pensar en una tórrida, pasiva y onírica mañana planchando oreja en el coche… ¡El coche! Qué criaturita. Se nota la ausencia de buses regulares y que la demanda es tienda Apple de estreno, pues me dijeron que íbamos 4 + conductor, y donde dije digo… Floren ficha a Figo.

Primer regalito, el asiento delantero de la derecha libre. Pienso «Grande people, saben que soy largo de pata y han tenido la consideración deee… ¡de los cohones!». Se conduce por la derecha pero el volante también está a la diestra, ¿será la colonia british? ¿Será que los coches venían de Tailandia? ¿De Hong-Kong? No sé, dudo, tiemblo, noto el olor de la tormenta cuando el silencio grita y las gaviotas vuelven a puerto, y entonces veo literalmente a 8 personas + 1 bebe sumergidos en el suelo del coche, a modo de bunker; han arrancado los asientos para dragar la zona y subir la clientela. No queda otra, pájaro. Miro con cara de «Where the fuck you want me to…?», y se ríen con miedo, acabo incrustado, rodillas del chino Losada, tobillitos Narváez, y la cabeza, oh sí, la cabeza de lado, a media ventanilla y pescuezo crujido, porque el techo me hace tope con la fresa.

Y yo, insolente gilipollas, que pensaba que mi tralla en el alquitrán vietnamita me habría curtido en estos lodos para siempre, soy ahora presa de la fuerza centrífuga, los baches y las piedras haciendo piquete en cada giro.

Angosta es una carretera con curvas, esto es directamente un milagro, no sé cómo pasamos sin caer al precipicio, se me sale la caca –sorry– y pienso en la poca necesidad de viajar así. Sorteamos el piano en cada curva y los barrancos me miran con los brazos abiertos, mi corazón está en el velódromo de Marsella, cayendo al embudo de la pista cubierta.

El conductor es un prestidigitador de lo imposible, lleva «longyi», la falda tradicional birmana, lo que me retrasa unos minutos en comprobar que maneja todo con un solo pie, porque el otro lo tiene cruzado bajo el muslo de la otra pierna. Cómodo irá, eso sí. Y mastica tabaco que escupe en la guantera, «joder, joder, creo que me estoy poniendo bruto (no)», el velocímetro se empeña en no bajar de 80 km/h.

Piden mi pasaporte Los Doce, contaos así sin contar ni ná, check-points militares, no se creen que un turista ande en esta barrena, y el conductor les va soltando coimas-soborno-propi-mordida sin permutar palabra, toma lo tuyo, sigo a lo mío.

Myanmar se cae a pedazos, pero se cae creciendo. Es un país castrado, a hostias, a gritos, a colonias, dictaduras y tifones. Es un país, otro más –¿cuál no?–, soportado sobre los hombros y los muslos de las mujeres, las todo-lo-pueden y todo-lo-aguantan, heroínas sin excepción. El día que se levanten, todo mejorará.

Dice el guerrero Emishi en La Princesa Mononoke «una aldea con mujeres felices es una aldea feliz».

¿Clearer? Water.




[1] Stricker sueco más famoso por su participación en el anuncio «Cantona versus demonios» que por sus méritos en hierba, no, perdón, este pincho me retracta.
[2] Otro grupo zarandeado. Desde el 49 pidiendo independencia, desde el 76 pidiendo federalismo, los registros de activistas karen asesinados, desaparecidos o desplazados engrosa la estadística ganadora del amor al miedo sin amor. Triangulatero de púgiles, ejército birmano, karen budistas y karen cristianos, mezclados en la lucha armada más larga del país, mezclados por recuperar Kawthoolei, «La tierra sin mal».
Smith, Martin. «Burma. Insurgency and the Politics of Ethnicity». London (NJ). Zed Books. 1991.


4 comentarios:

  1. Grande la Pachanga que te has currado

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  2. ¡Muy bueno, Rics! Un abrazo, Pando.

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  3. Un pequeño sobreesfuerzo neuronal para llegar hasta el final pero ha merecido la pena, me gusta bro. Pachanguisist

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