lunes, 12 de mayo de 2014

DE PASO POR PAKSE


Cuando dominaban el lugar, los franceses usaban una frase sencilla para resumir lo que era -y aún es- la realidad sociológica de la antigua Indochina: “Los vietnamitas plantan el arroz, los camboyanos se sientan a observar como crece y los laosianos se tumban a escucharlo”. Respecto a Laos, aquella simplificación despectiva se transformó con el tiempo en la mejor de las virtudes, a modo piedra filosofal, el carbón se transformó en oro. No existen atascos ni aglomeraciones, tampoco sinónimos ni similares; todo fluye en armonía en este santo lugar, que también es lugar santo... Estado apacible que contrasta con su pasado reciente, cuando en su camino hacia Vietnam los B52 norteamericanos repartían bombas de racimo[1] como caramelos en cabalgata de reyes; los laosianos sufrían en silencio, con el beneplácito de la comunidad internacional ante semejante atropello. Media tonelada de bombas por cabeza. A todos les tocó su parte, nadie consiguió librarse.

Laos es conocido como el país del millón de elefantes, tierra de Lan Xang, el de los cientos de templos, los miles de monjes y la paz más absoluta. También como tierra de camuflaje para corruptos a la fuga. Allí fue a parar Roldán, impartiendo una lección magistral de geografía política: nos roba los millones mientras nos descubre nuevos horizontes. Ahora manejan el arte del hurto de igual manera, pero sin molestarse en ocultar las vergüenzas... No quedan políticos como los de antes.


Sin ser aceptado como animal de compañía en juego de mesa ya rancio, el elefante es el animal característico por excelencia en el desconocido Laos. Como medio de transporte, atracción turística o a modo de bestia tirando de arado, un ejemplar de paquidermo acompaña el camino, para gozo del viajero e indiferencia de la criatura.

Traspasar la frontera que separa Camboya de Laos no es un viaje en el tiempo. No tiene nada que ver con el cambio radical que cuentan guías y libros. Es cruzar de un terruño a otro muy próximo, sin percatarte de que mudaste de patria hasta bien entrado en terreno. Se viaja en tuk-tuk al igual que antes, la gente lanza la sonrisa habitual. La carretera de arena, que bien puede ser camino, es escoltada por cientos de palmeras parientes de las anteriores. Hasta las bellas señoritas, bordeando la calzada ataviadas con paraguas[2], parecen familiares de sus antiguas compatriotas, en un deja-vú de aires viajeros. Entonces se divisa el primer templo, la primera hilera de túnicas naranjas y el regustillo de paz comienza a hacer presencia entre el silencio de unos cláxones enmudecidos.


El ferry sustituye al aún-en-construcción puente en los ríos laosianos. La falta de enlace terrestre agudiza el ingenio y cruzar de una orilla a otra se convierte en un museo al espacio bien aprovechado, una suerte de tetris con mayor dificultad de encaje que Neymar y Messi en el mismo once.

En Pakse alquilo moto y casco, anudo el macuto a la improvisada baca e inicio el recorrido con más temor que determinación. La soltura la da el tiempo y esto no ha hecho más comenzar. Todo según lo previsto. Pakse, Tad Lo, Thateng, Sekong y Attepeu. Una vez allí, media vuelta y desandar.

Muchos monjes, muchos templos y niños, montones de niños, pero ninguna pelota. Todos se mantienen ocupados escuchando crecer el arroz, que brota terraza tras terraza hasta donde la vista alcanza.

Nuestros padres, el mío al menos, cuando enumera batallitas en tardes de domingo tras comida contundente, habla de la desaparecida mili como el top de su anecdotario. A mi ya no me llegó, me libré de aprender tácticas de asalto, lo cual redujo historias que narrar por nueve meses empleados en algo a lo que el estado no te obliga. En Laos nadie impone a los jóvenes convertirse en monjes por un tiempo, pero son muchos los que lo hacen. Deciden invertir hasta dos años en un templo, formando cuerpo y alma, ayunando y meditando.

Hay patrias que capacitan a sus jóvenes para hacer la guerra. Laos los educa para disfrutar de su paz.

Darwin habló de la evolución selectiva. Solo aquellos que sepan adaptarse al contexto sobrevivirán. Estoy perdido, a cada elección de camino escojo el incorrecto, el sendero se bifurca cuando en el mapa aparecía bien recto, avanzo y retrocedo y vuelvo a avanzar. Khedira frente al rondo Xavi-Busquets-Iniesta en 5-0; cada día salgo más pronto y llego más tarde, lo que eran cinco días de viaje superan la semana.

Una vez en el punto de partida, que es también fin del trayecto, el cuentakilómetros marca el doble de distancia recorrida que lo indicado en las coordenadas del mapa. Llegué tarde al reparto de virtudes, la orientación se la llevaron otros. Más cosas vistas, las mismas vistas dos veces, doble ración de cascada, dos tazas de templos en Champasak[3], monasterios vistos de frente, monasterios visto desde atrás, cien monjes me dicen que gire a la derecha, cien monjes diciendo que gire a la izquierda... Total, doscientos monjes avistados y un festival de desentendimientos.

Debo decir, casi gritar con orgullo, que en el último desvío del ya último camino, tomé la decisión acertada. Aunque hace ya un rato que no soy yo. Es el momento y el GPS interno se activa cuando ya dudo de su presencia. Agitando puños llego al hostal ante el asombro de sus inquilinos, Perico entrando en los Campos Elíseos en tarde veraniega de París, allá por el 88.




[1] EE.UU. libraba la Guerra del Vietnam y quería cortar las vías de suministro de Laos a su enemigo vietnamita y evitar que el país tomara partido por el comunismo. La manera de lograrlo es uno de los más desconocidos y brutales crímenes de guerra jamás cometidos: aviones de EE.UU. llevaron a cabo más de 584.000 misiones y arrojaron más de 260 millones de bombas de racimo sobre las zonas más pobladas del país (arrojó media tonelada de explosivos por habitante). Los propios pilotos estadounidenses admitirían años después que nunca se trató de distinguir entre civiles y militares. “Si algo se movía, lo bombardeábamos”.
[2] Un nuevo ejemplo de antítesis culturales, distinta reacción a situaciones parejas, en occidente las playas se pueblan de jóvenes y adultos en busca de oscurecer sus pieles para lucir bronceado veraniego, en el sudeste asiático las pieles tostadas son poco agradecidas, la palidez marca tendencia. La diferencia entre trabajar en el campo o pasear por la ciudad.
[3] Con el sello de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO agrietado en la entrada principal, el complejo de templo de Wat Phou aparenta perdido en la nada. Diseñados para mostrar la conexión entre naturaleza y humanidad desde la visión hinduista, te permite pasear descalzo y solitario por sus santuarios y canales, colocados muy en orden, todo muy geométrico, imaginando con la mirada como debía ser este complejo hace unos diez siglos. cuando el mundo era otro, y lo que ahora es turístico, era entonces utilitario.

1 comentario:

  1. grande mago! no os perdemos la pista! Juani y Marquitos

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