jueves, 15 de mayo de 2014

COSECHA DE EMPEINES


Comienza suave y salvaje la ruta tailandesa con 5 semanas en una granja. ¿Aislados? Masmenos. ¿Adaptados? Ya veremos. El proyecto Panya es una iniciativa to-guapa[1], una finca autogestionada que aplica permacultura y trata de sobrevivir con poco haciendo mucho, mostrándolo a todos los ojos con ganas de ver, dejándose moldear por toda mano que desee aprender. Llego con Tato, mi alma melliza, y en 24 horas pasamos a ser vegetarianos, ducha fría de río, fuego para ver la noche y un pretexto claro: aprender a construir casas con la tierra, adobe, sacos de arena, rocas, lo que veas, lo que puedas, lo que pilles. Tenemos que levantar una casa para un orfanato, y ahí estamos veinte voy-de-perroflauta-pero-mi-familia-es-pudiente dispuestos a algo.

Permacultura es la cultura de lo que permanece, perenne, que aguanta, que se autorregula y adapta para mantenerse. Es la historia de una adaptación lógica y necesaria, es la linda, cool y hipsteriana perilla que Darwin se habría dejado si hubiera/hubiese tenido tiempo de refinar su nuevo testamento.

La integración del ser humano en el reino animal, de facto, desde la asunción de responsabilidades comunes y colectivas, el respeto a quien nos viste y alimenta, sol y agua, tierra, viento y fuego, únicos dioses tangibles, reflexiones mas allá del atasco al salir de la oficina o de la preocupación por si la nieve polvo se ha hecho hielo en Soldeu-Tarter.

Es la historia de la supervivencia de la casa, de nuestro ecos, de nuestro latir conjunto como especie, de cinco sentidos para oler ideas, saborear colores, escuchar texturas, observar aromas y para palpar los beats de una semilla al germinar.

Pero sí, no vamos a inflar el distrito pachanga con propaganda comeflores sin hilo en la puntada. Mis ilusiones andaban jodidas, había visto un campo bastante digno a un par de kilómetros, pero las horas de peloteo coincidían si-o-si con horas de laburo, así que mi balón dorado, regalo de pachanguistas hanoitas, aguardaba huérfano y taciturno en el fondo del mochilón. Ni De la Peña vería el hueco, aunque propuse dragar unas patatas y levantar una buena red de futvoley. Nada de nada. Fútbol estándar y cultura especifica a veces se llevan mal, culpa de FIFA, digo yo, pero por decir algo, así como si me hubieran preguntado.





La granja Pun-Pun es icono y referencia. ¿Su precursor? Un ídolo

Crúzome de finca, para visitar al vecino admirado, y el eclipse se hizo sol. Ahí estaban, entre ladrillos de tierra y composteras secas. Balón malo, ganas todas, la primera pachanga de las ultimas; no hay luz, no hay cámara. “Tato, ¡saca el móvil!”. ¿Qué? ¿Aquí? ¿Así? “Dale, dale, aunque la foto sea tóxica”, que se vea que la permacultura abre espacios, que es guardiolística, de toca-toca no te canses de tocar que al final cae el chirlo, no te impacientes, sigue el ritmo natural, abre a banda, que el portero sea líbero (aunque eso ya lo invento Radomir). Una belleza.

Iban 2-3 cuando lo dejamos… Sería 3-2, ¿no? Si, bueno, sería...

Pero aún así, esto puede ser insuficiente pachanga para una Tailandia tan llena de sustancias y contenidos, surtido cuétara del buen vivir y la buena cara, desde Panya hasta Panyee, lo flipas y te partes, se ensancha el body, se menea el alma.



[1] madraquismo


1 comentario:

  1. El vídeo me parece la caña. Igualitos que Lendoiros temporada tras temporada jejej Gracias por compartir estas grandes historias

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