sábado, 14 de noviembre de 2015

MERA CASUALIDAD


La “Pacha Mama” enfurecida, ruge el núcleo y se pelean las placas tectónicas como luchadores de sumo; y de un empujón enrabietado nació la cordillera más cercana a las nubes, así murió la alegría de tantos y tantas que cada día lanzan sus lagrimas al cielo.

La vida es una tómbola, y las casi 9000 victimas del terremoto aun no pueden comprender que injusta es la justicia.  Pero Nepal prometió no ser coincidencia.

...

Hace un año trataba, sin furia ni fortuna, de poner pie en esta tierra de budas hinduistas, sherpas opiómanos y yaks coquetos. En mi intento, el tren en el que viajaba desde Nueva Delhi, chocaba con un mercancías, dejando 40 cadáveres en la retina de mi corazón.


Finalmente llegué, cruce la frontera y decidí sanear lo feo para disfrutar lo bello.

Mi primer día en Nepal, sintiendo que volvía a nacer, cumplí 32 y dejé mi trabajo a distancia. El sufrir de mi jefe, y de Alberto aguantando mis noches en vela, loco por succionar una conexión wifi, dijeron “basta”, y deje de sufrir. Era incompatible con la pachanga y su distrito.

Lo siguiente que hice fue trotar hacia Bakthapur, pueblo milenario en el valle de Katmandú. Había oído de las maravillosas manos de los alfareros locales, capaces de crear un jarrón de la dinastía Ming aunque Patrick Swayze y Demi Moore andaran sensuales sobre el torno y el barro. Y a aprender fui.

Allí fue acogido por el maestro Mr. Sure. No cabía su alma en ningún recuerdo, así que tomé fotos, tratando de ganar espacio en la memoria de mi corazón.

Sure me dijo “pasa sin llamar” y fue el primer gran testigo de mi tesis. Obsesionado por demostrarme a mi mismo que los seres humanos somos basicamente amor, el distrito siempre quiso erosionar mitos y estereotipos, defender la alegría, y ayudar a entender que nuestra actitud, nuestra sonrisa, y nuestra falta de miedo y perjuicios, son la llave para conectar con personas de diferentes culturas.


Sure debió pensar lo mismo: “a los humanos nos une más de lo que nos separa”. Aunque seguramente se arrepintió cuando balas de arcilla comenzaron a salir despedidas de entre mis dedos para espantarse en todos los rincones de su humilde taller de escultura.

La acogida de Sure me hizo crecer, creo. Pues solo conociendo a las otras personas, nos logramos conocer a nosotros mismos. Días después retome mi viaje, con su recuerdo en mi mochila.


La mañana del 25 de abril de 2015, los 8 grados Richter de seísmo me dejaron seco. Pensé en Sure, en su mujer y su hijo. Mala vibración, al menos extraña. Y dije a mi madre: “quiero volver a Nepal como sea, tengo que saber que ha pasado con ellos”.

Un año después vuelvo a trabajar formalmente. Ya lo he contado ¿no? helicópteros, monzón, refugio, saneamiento, hospitales, camiones rodando por las laderas, y desprendimientos superlativos, donde rocas-meteorito bailan libres como canicas en una balsa. Misión Nepal: el caos, la acción, mi stress y mi salsa.

Dos meses después, un conflicto franco-hispano y mi obsesión por reducir los privilegios de los expatriados frente a los nepalís, acabaron confirmando que la ética esta guay, sobre todo si “estas despedido”.

(shock)


Libre como el viento y el verano, pliego mi tienda de campaña, y subo mis ganas sobre el primer bus chirriante en dirección a… Bhaktapur.

“Joder, que sitio”, paso a paso mi respiración se convierte en suspiro, el trago de mi garganta se atora como un salmón contracorriente. Ruinas y escombros dilapidan uno de los pueblos más hermosos y mejor preservados de Asia. La sacudida del terremoto, drástica y cruel como marido maltratador, tumbó los ladrillos, los planes, las risas y los sueños. Lo que ayer era, hoy ya no lo es.

Desciendo hacia la plaza de los alfareros y busco a Sure. No entiendo nada, ¿dónde esta la casa? Juraría que era aquí, pero aquí no hay nada…


“Ricardo, Ricardo!”, el vecino se acuerda de mi nombre, mi barba, y mi tatuaje. Es Binot, compadre del gremio, que se ríe de pena mientras explica la verdad que prefiero no creer: “Hace una semana, entre esos escombros, vi tus fotos, justo allí, cerquita de él”.

Sure andaba trabajando el 25 de abril a las 12 de la mañana. No le dio tiempo a escapar, y su cuerpo, con sus dedos de fantasía, y su corazón de pan bimbo, fueron engullidos por las piedras; esos ladrillos que un día le protegieron, ahora lo condenaban.

(pena)

El mismo día se celebra un acto de condolencia hacia las victimas. Todo el pueblo de Bakthapur en la calle, inciensos y fotos, rindiendo homenaje a sus 500 amados y amadas, que sacudidos por la tierra sacaron sus almas al cielo.


Justo hoy, justo así, aunque injusto.

Veo la foto de Sure, abrazó a su mujer, que llora de mi, con mi, y sobre mi.

Nada sucede sin razón, no creo en las pequeñas coincidencias. Aunque tal vez toda la realidad sea un gran coincidencia, esa que ríe y llora, que calla y decide, vivos o muertos, tristes o contentos.



martes, 8 de septiembre de 2015

TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA MENTIRA



“La ilusión del pobre no hay rico que la pueda comprar”
Pikachu, San Cristóbal – Galápagos 2008

Eh… ¿por dónde iba? !Ah, si! Tanto iba que al final vine.

El viaje terminó, bueno, terminó su primera etapa. Corrió más que nadie, saltó minas y lloró risas, llegó a tierra natal, y el blog se quedó corto. Lógico, esas piernas son más veloces que estas manos.

Notas en cuadernos fugitivos, ideas de videos sin enchufes, las prisas, la llegada del mañana a mitad del hoy, y no parar de chutar, de no sé parar, de sólo conjugar el "ir" para decir allá que "voy".
Más distrito que tiempo, esa es la verdad.

En el tintero quedan infinitos retratos y penaltys, quedan los silbidos de las balas israelís, las detenciones ilegales de defensas y delanteros cisjordanos, el grafiti en el muro secuestrador de las almas palestinas, los morteros de Al Nusdra en la frontera libano-siria de Baalbek, , las banderas negras del pirata ISIS ondeando en los campos de refugiados de Zahle…


…o la detención rollo Guantánamo en Shatila a las afueras de Beirut, tan surrealista como pasar 20 horas esposado y con una bolsa en la cabeza para acabar viendo los vídeos del blog con el teniente coronel y sus camaradas; también queda el pasaporte en paradero desconocido impidiendo la entrada en Chipre, la pachanga más punky en el barrio ateniense de Exharhia el día que Syriza aceptaba el rescate del eurogrupo, y el último partidín en la isla de Ítaca, donde Ulises completaba su Odisea, mientras yo trataba de meter el gol de la victoria a esa sensata locura que fue el viaje en su loca cordura.

No gané, pero perdí el miedo a perder.

Con un tremendo saco de experiencias inauditas a cuestas, distrito pachanga promete libro, (¿el libristrito? shut my fuck up!), patadas e historias de lo humano. Es necesario y deseado.

By the wayyyyy…

El viaje sirvió para entender que no hay destino sino camino; también confirmó mis sospechas y afinó mi vocación; el plan estaba claro: misiones humanitarias y dejar de fumar.  

Semanas después de besar a mi madre en Santander y amar la espuma de las olas de Somo, embarcaba rumbo Katmandú para coordinar el campo base de Sindhupalchowk, distrito leotardo bajo la minifalda del Himalaya nepalí. En busca de ruinas pasadas con las que construir presente y soñar futuro.



Sin duda, el desafío más complejo en la historia de la acción humanitaria, al menos en términos logísticos. Caminos como sopa de lentejas, lluvia de granadas de agua, el precipicio amenaza ingrávito, y las almas nepalís siguen en su lucha por la bajovivencia, ejemplo de resiliencia, de fuerza y bondad.

Si rescatar montañistas y exhumar cadáveres fue una hecatombe durante las semanas posteriores al terremotazo del 25 de abril, el reto de abrir nuevas rutas para porteadores y helicópteros ha chupado mi energía durante este tiempo con la virulencia de Iniesta en una fabrica de kalises.



Cientos de aldeas diminutas esperando auxilio en forma de plásticos y uralitas, o de tuberías y tanques para almacenar agua capaces de conectar las desprotegidas fuentes con los refugios, esos que antes eran casas, y ahora son bromas de mal gusto.



El monzón enfanga las ilusiones, copula los mosquitos, y hace de cada distribución de alimentos una partida de ruleta rusa. Pues las nubes giran los planes, y rusos son los pilotos de los helicópteros Mi8, esos que cada día tratan de aterrizarnos sobre arrozales, a la desesperada, aunque nada fue tan esperado por la gente.

Aquí no valen enfoques sanos y sostenibles, aquí una manta regalada tiene tanto o más valor que una política publica racional y consensuada.



6 semanas en el campamento. 11 terremotos. Aunque la fruta esta algo pocha, me puedo hacer batidos sin batidora.

A lo mejor alguien esta pensando que entre los escombros y los desprendimientos diarios, aquí no hay tiempo para jugar una mísera pachanga. 


Error. 













sábado, 13 de junio de 2015

LA BOLA DE HEZBOLLAH


Era julio de 2006, y Juan Diego Botto se aprovechaba de su percha para embelesarnos con su labia; abajo las masas perroflauticas gritábamos ¡NO!, no a la guerra, no a la masacre del pueblo libanés, no al dolor gratuito, a la pena compartida, y a la sangre brotando de heridas perennes, esas que no saben cerrarse.

Hezbollah, el partido-milicia, había asesinado a varios militares israelís en una emboscada al sur del país, y había capturado vivos a dos soldados, rehenes del odio a la paz. Olmert, por entonces primer ministro hebreo, pensó que bombardear el Líbano era la mejor manera de erradicar el antisemitismo, como violar a alguien esperando que se acabe enamorando de ti.

Han pasado nueve años de aquello, y nuestras zapatillas de suela gastada pisan ahora suelo libanés. La gracia del anciano tendero hablando un mix de francés, inglés y árabe, se entremezcla con la amargura de los niños sirios que deambulan de bar en bar, con sus flores, sus mecheros y su miedo a los fuegos artificiales, esos que les recuerdan las bombas de Al-Asad y los morteros de Al-Nusra.

Líbano mola, lleva un año sin sentar a nadie en el sillón presidencial, porque no se aclaran, porque se mienten, porque los suníes dudan de los chiíes, y los cristianos maronitas de los drusos, y los drusos de los suníes, y… mientras tanto, el circense pero martirizado ejercito trata de contener los machetes de ISIS en Arsal, un pueblito huérfano de amor, en la frontera este con Siria.

Sería Juan Diego Botto o Jon Sistiaga, ya no lo se, pero Hezbollah despierta en nosotros mayor interés que un nuevo modelo de Nespresso en la mente de Carmen Lomana. El partido de Dios lo llaman, una banda criminal para algunas personas, una ONG para otras, miembro del parlamento para todas, es sin duda la única organización capaz de robarle audiencia a Al-Qaeda en el reality-show de celebrities terroristas.

Nacida en 1985, su atentado contra la embajada de EEUU en Beirut la llevo al estrellato, y desde entonces juega un papel decisivo en la orgia geopolítica de Oriente Medio. Confesados chiíes, sus lazos con el régimen iraní y su escolta al pseudo-presidente sirio Al Asad (defensa), su ambigua pero innegable coalición con la resistencia palestina (mediocampo), y sus ánimos por borrar a Israel del mapa (ataque), hacen de Hezbollah un equipazo para formar parte de esta pachanga.


Al sur de Beirut, un desvio en la carretera hacia el aeropuerto, nos dirige hacia Dahiya, el barrio controlado por Hezbollah. Somos tres, el segoviano, el cántabro y un italiano despistado: "the wolf", trabajador humanitario, que pretendiendo hacer de guía, actúa de vigilante, para asegurar que no nos metemos en líos, o al menos, asegurar que si hay lio él también pueda participar.

El taxi ha aceptado llevarnos al distrito, lo cual es buena señal, porque los conductores sunís o cristianos generalmente se niegan a cruzar la línea enemiga. Por la ventanilla derecha se divisa el alicaído estadio Camile Chamoun, con capacidad para 48.000 aficionados, pero clausurado desde 2005 cuando el presidente Hariri, de la milicia cristiana, fue asesinado por…si, bueno, podría decirse por Hezbollah. Ansiosos por evitar la violencia fratricida, los equipos juegan a puerta cerrada, mientras las barricadas del ejercito custodian la entrada. 

Atravesamos una avenida muy folklórica, cuya mediana esta tapizada con carteles e imágenes de mártires por la causa; el taxista frena sin aviso y nos deja a las puertas del barrio, sin duda, estamos en Dahiya.


Hemos leído, escuchado, preguntado y pensado como pisar terreno hostil sin generar más riesgo del estrictamente necesario. “Recordad, nada de cámaras, por favor, ¡ni una foto! En serio, tened cuidado, llevad el pasaporte, y si podéis contactar con algún residente local, será mejor”, esas fueron las ultimas palabras de Sofia, una italiana curtida en lidiar con las autoridades de Dahiya durante su trabajo como cooperante en la zona.

En Dahiya la gente vive normalmente, las mujeres bajan a comprar, cocinan, cuidan a los niños y limpian la casa mientras los hombres fuman pipas de agua y beben té. Pero sí, nos miran extrañados, las mujeres bajan tanto la mirada que se acaban mirando a si mismas, bajo sus velos negros y trillones de banderas amarillas, esas que ondean con un kalashnikov verde en el centro, símbolo de la lucha y de su orgullo, Hezbollah.

Aparte de intentar matar israelís, Hezbollah forma parte del llamado “estado dentro del Estado”, y gestiona las comunidades con mano dura y corazón blando. Escuelas, hospitales, subsidios para las personas más jodidas, compensaciones para las familias que han sufrido la artillería sionista en sus cuerpos o paredes; Hezbollah ha demostrado preocuparse por su gente bastante más que el gobierno, y la gente lo valora e idolatra. Además, matan al enemigo, ¿qué más pueden pedir?

Piden tranquilidad, y por eso Hassan Nasrallah, el gran líder, la voz, la barba selvática, las gafas del erudito que nunca recuerda dar cuerda al reloj, el clérigo que burla una y otra vez los misiles inteligentes de Israel, esta oculto, camuflado, refugiado en la llamada “Fortaleza”, esa que nadie sabe donde esta, y que impide a Israel aniquilar a uno de sus principales objetivos militares.

Surcamos las calles, una tras otra, en mi mente de soñador border-line solo hay un pensamiento “llegar a la fortaleza y jugar una pachanga”; por desgracia, mis piernas la hacen caso y sigo adelante. Al lado, Alberto no sabe muy bien adonde queremos llegar, no parece confiar en la idea demasiado, lógico. Por detrás, "the wolf" escuchando ángeles y satanes en su mente, los que le recuerdan que es una zona restringida para los cooperantes expatriados, especialmente cuando trabajas con refugiados sirios, esos “supuestos” rebeldes que han huido de los tanques gubernamentales, los mismos que Hezbollah, tan alauita como Al-Asad, apoya con francotiradores tras las ventanas de Alepo.


La noche anterior le contaba a una loca de Calabria que iba a jugar un partidín de fútbol en Dahiya; no sé porqué lo sentía tan claro ayer, pero lo seguía sintiendo ahora. Las calles con el ajetreo típico del sábado, y nosotros empezamos a sortear check-points; grandes estructuras metálicas, con balizas verdes, como el kalashnikov, nos recuerdan que esto no es la Gran Vía. Nos pegamos a la acera, y surcamos los escaparates de kebabs, bisutería barata y peluquerías vintage, sin que nadie nos diga nada con la boca, aunque todos gritan “whatdafuck!” con la mirada.

Noto a "the wolf" un poco mmm, ¿cómo se dice? ¿lo contrario de relajado? Si, eso, sudores fríos y risas forzadas; me encanta este chico, tanto como él me odiaba en ese momento. Gabinete de crisis, tal vez hemos entrado demasiado lejos y nadie nos lo va a decir de buen rollo. En este barrio todo se sospecha y poco se sabe. Enfrente vemos la gran mezquita, probablemente financiada con dinero iraní, pero mucho más fea y entristecida que las maravillas persas. Nadie juega, pero no me lo creo, es sábado, no hay escuela, ni tampoco PlayStation, el balón debe estar rodando por alguna esquina.

“Yallah, yallah!” son los gritos de la chavalería incitando al contraataque; dos porterías hechas con piedras, el balón plástico que bota como una bola de billar, y las líneas laterales son baches y charcos, pero sí, sí, “hagan juego señores”.

Entre la miseria del barrio y la garra de la pachanga, destaca un crio con la camiseta de Gareth Bale, juega mal, chupa mucho y no parece enterarse de la movida, al fin y al cabo, nada sucede sin razón. Alberto y "the wolf" no lo ven tan claro, y yo no ando mirando, me meto, los críos me acogen, se ríen de mi existencia, bueno, nos reímos. Equilibramos los equipos un poco y empezamos el toma-y-daca. En lo que duran dos tiros al poste y una segada, la aglomeración de gente observando atónita el suceso, nos confirma la sospecha: somos sospechosos.

En este barrio, los agentes infiltrados del MOSSAD israelí tratan de georeferenciar cada azulejo, de espiar cada conversación, de anular cada amenaza; por eso, aquí, cada cara desconocida supone un desafío a la prudencia y la amabilidad árabe.

Yo gozo, aunque una chilena me sale rana, y el retrovisor de un coche sufre mi mala puntería. Enfrente, en la acera, "the wolf" y Alberto miran el reloj y las nubes. Gol en contra, y aprovecho la celebración para suplicarle a "the wolf" que eche una fotito así por lo bajini, algo clandestino con el móvil, que no se note pero testifique que jugar en Dahiya puede ser una locura, o puede ser una mañana de sábado más.

Brrrrmmmm, brrrrmmmm…

El ambiente se congela, los gorriones pillan asiento en la rama para ver mejor la peli, y momentáneamente me olvido del marcador. Tres motoristas nos rodean, nos miran serios, amenazantes como los chefs del jurado al ver “el león come gamba”. Indumentaria miliciana, no falla, en Mindanao en Filipinas, en Hebrón en Palestina o en una Herriko taberna de Hondarribia, pantalón vaquero y la parte de arriba de un chándal, si puede ser de táctel mejor, obvio, ya sabemos que la temperatura puede cambiar en cualquier momento.

Nos sustraen pasaportes y teléfonos móviles, ajustan sus armas entre el pantalón y el calzoncillo para evitar el roce, y nos subimos en las motos; juegan en casa, ¿qué podemos decir? Sorprendidos, pero no tanto, asustados, tranquilos, expectantes, una mezcla de sensaciones nos recorre el cuerpo, aunque no estamos capacitados para descifrar las señales que nuestros nervios envían al cerebro.

Mi motorista lleva barba, no gordo ni delgado, es rudo, me mola. Sorteando coches acelera como si no hubiera un mañana, y mi gorra sale volando. Le pido que vuelva atrás para recogerla, y su cara de sorpresa nos pone en igualdad de condiciones. Su shock y mi shock, juntos, dan la vuelta, recojo la gorra y seguimos el secuestro como quien se va de finde a la sierra.

Un badén, otro, giro, aparcamiento en desuso, una carpa, una lona, una especie de calabozo al aire libre, y nosotros tres, que no se si nos da la risa, o nos da el llanto.
Efectivamente, son Hezbollah y están más nerviosos que nosotros.

No entienden como hemos llegado hasta allí, no entienden que "the wolf" tenga dos teléfonos y yo ninguno, no entienden que estuviera jugando al fútbol, y seguramente tampoco entienden como un crio libanés de 12 años puede llevar puesta la camiseta de Bale.

Una silla, una mesa y cuatro paredes de tela nos dejan aislados, no sabemos cual es la siguiente escena de esta obra. Alberto esta tranquilo, yo sonrío como bobo, y "the wolf" cree que todo puede ir a peor, así que fuma como un condenado a muerte.

-       “So what are you doing in here?” (un miliciano, en inglés macarrónico, con tono de cabreo, y la mirada de un soldado estadounidense en la cárcel de Abu Ghraib, trata de interrogarnos)
-       “Well, we were playing football, yes… just playing” - le contesto.
-       “What do you mean football?”
-       “Mmm, well, they go playing football everywhere, you know, football represents peace and…” - intercede "the wolf" por mi.
-       (joder, ¡no! dile que representa violencia, hostias, sangre, algo que le mole – pienso pero no lo digo)
-       Here people don´t play football! – dice airado el hombre en semi-chandal.
-       Mmm, well, I was playing with them, so actually, yes they do… - replico
-       No! here people go from house to work, from work to house! Nothing else!
-       Mmm, well, ok (a lo mejor lo he soñado, es verdad)
-       (¿por qué no mejor le preguntamos que es lo que a él le gusta, y le decimos que eso es justo lo que el fútbol representa? – también lo pienso y tampoco lo digo)

Las preguntas se repiten una tras otra ¿de dónde eres? ¿qué haces en Líbano? ¿en qué países has estado? ¿por qué estas en Dahiya? ¿quién os ha traído? ¿cuál es el nombre de tus padres? ¿de verdad no tienes móvil? ¿cuál es el PIN del tuyo? ¿de dónde eres? (¡otra vez!) y así en bucle infinito. Cada media hora aparece uno, nos hacen fotos contra la pared, de frente y de perfil, y nos dicen que estemos tranquilos.

Hay un problema; llevamos con nosotros una especie de guía turística, rollo alternativo, un libro hecho por artistas libaneses para contar Beirut de otro modo, alejado de los estereotipados hot-spots de Lonely Planet, un recorrido por las ruinas de la guerra, los grafitis de los callejones y los barrios más curiosos. El libro contiene mapas dibujados a mano, también de Dahiya,  y sí, el libro es muy hipster y muy cool, pero enciende todas las alarmas. Sospechan que estamos mapeando el barrio, rollo espionaje, y eso es algo imperdonable en estas calles antiosionistas de Allah.  Rascan el libro, lo desmenuzan buscando capas escondidas entre sus hojas, pero no encuentran nada, y eso les destroza los nervios.

Pasan las horas, a "the wolf" le esperan sus colegas de curro para comer, y saben que esta en Dahiya, por lo que nuestro querido italiano sufre deduciendo la paranoia colectiva que nuestra detención debe estar provocando. Tenemos frío, el sitio es húmedo y la falta de libertad maximiza las penas. Nos dejan pasar a un baño atascado, y les preguntamos inocentemente si podemos ir a comprar tabaco y algo de comer. Nos miran con media sonrisa, ellos saben que nosotros sabemos que no nos dejaran salir, pero era la mejor forma de pedirles algo de comida. Se lo curran, nos traen falafel y Pepsis, también cigarrillos, lo cual es un alivio para uno de los guardas, al que, abusando de confianza, estábamos dejando tieso su paquete de Marlboro.



Cuando nos ofrecemos a darles dinero para la comida, la media sonrisa se convierte en sonrisa completa, esa que dice sin palabras “ay, chavales, estáis hablando con uno de los bandos armados mejor financiados del planeta, parecéis nuevos”, y la verdad es que nos saca una carcajada; estamos en ese puntito de risa tonta que provoca la agonía, cuando ya no sabes que hacer porqué no puedes hacer nada, y entonces ríes, fumas y hablas de todo un poco, de qué es la felicidad y de la ultima vez que lloramos.


Siguen pasando las horas, pasamos de la risa a la desesperación en cuestión de segundos, nos imaginamos como seria su reacción si dijéramos “sorry, dear Mr. Terrorist, could i go to the toilet once again?”, y vemos como cae la noche, mientras damos vueltas en circulo alrededor de la mesa y recuerdo un pase al hueco que se me quedo corto durante la pachanga.

Hezbollah tiene representación parlamentaria en un estado democrático, el gobierno israelí también. Hezbollah reclama una zona conocida como las granjas de Sheeba, Israel también. Hezbollah hace uso de la fuerza para lograr sus propósitos, Israel también. Hezbollah justifica la muerte de victimas inocentes, Israel también. Hezbollah ocasionalmente lanza misiles al país vecino violando el Derecho Internacional, Israel también. Hezbollah esta considerada una organización terrorista por la Unión europea. Israel tiene Embajada en Madrid y en Bruselas.


Llegan dos jeeps, los oímos, lo sentimos, se mezclan gritos, risas y reproches en árabe, algo pasa, y no sabemos si es bueno o malo. Entran militares en nuestra precaria celda, han venido a liberarnos, dicen; son del ejercito libanés, y ellos, igual que Hezbollah y que nosotros mismos, piensan que somos deficientes.

La saeta del reloj nos sujeta sin pavor, pero finalmente nos cargan, como paquete de SEUR, en un coche, blanco, pequeño, imposible para seis personas, especialmente cuando uno de los militares siente debilidad por los bollycaos. Empiezan las preguntas, otra vez el mismo bucle, aunque esta vez nuestros rostros deben reflejar menos tensión, pues entendemos que el ejercito es mejor que Hezbollah, nada más alejado de la realidad.

Nos trasladan al cuartel militar junto al aeropuerto, y allí nos dejan, sin explicaciones ni esperanzas. Nos prohíben hablar entre nosotros, y siguen erre que erre con el libro y el dichoso mapa, siguen jugando con el PIN de los móviles, registrando la agenda de contactos, y preguntando que hacemos con nuestra vida, desesperados por encontrar una respuesta creíble, o al menos, realista.

El vigilante deja su pistola sobre la mesa y nos enseña videos de los San Fermines en su móvil, es del Barcelona, le gustan Xavi e Iniesta, congeniamos lo suficiente para que nos trasladen al cuarto donde descansan los militares, y nos ofrecen café mientras finiquitamos el enésimo paquete de pitillos, y vemos a la Fiorentina de  Borja Valero y Joaquín (finta-y-sprint) en una televisión diminuta, que más que entretener nos hace pensar que esto va para largo, más largo si cabe.


Después vemos a "the wolf" dibujando el mapa de su calle unas 38 veces, tratando de explicar donde vive, con la dificultad que entraña que los portales no tengan número, en esta ciudad transformista, que se deshace y rehace cada poco tiempo, donde los bombardeos hacen que la gente no haga el esfuerzo de poner nombre y número a sus casas, ya que tal vez mañana ya no existan más, ni las casas, ni la gente.

Finalmente, choque de manos y ¡sí!, no han encontrado pruebas incriminatorias, y como Francisco Camps, salimos inmunes y libres por la puerta de atrás.

Antes de atravesar la ultima barrera y sus concertinas laterales, un soldado aparece gritando con furia, “¿nos esta apuntando? no jodas, otra vez no”; parece que los walkie-talkies del ejercito libanés necesitan pilas nuevas, vista la descoordinación por la que un hombre desbordado nos confunde con gente peligrosa infiltrándose en la base militar.

Sale otro milico y le calma, salimos como un niño el ultima día de clase antes del verano, caninos, risueños y tirados en mitad de una autovía; solo nos queda volver a casa, tranquilizar a los amigos de "the wolf" y brindar con tres cervezas por si hay algún motivo para celebrar, aunque no se nos ocurre ninguno todavía.

(oh yeah…)

Esto fue, la bola de Hezbollah, cuando el distrito quiso jugar lo injugable, y acabo jugando de Mata Hari, porqué al final, si hay balón y tienes ganas, siempre sale peña para jugar, siempre.